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  1. La falacia ideológica de la Democracia Cristiana

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    claudio-fuentes-2Pese a que Carolina Goic quiere desmarcarse de los conceptos de izquierda y derecha, desde la militancia y la ciencia política aseguran que el partido tiene bien definida su posición ideológica, más allá de que a los actores políticos no les guste utilizar el concepto.

    Es frecuente escuchar en la retórica de nuestros representantes políticos, a la hora de criticar una reforma, por ejemplo, acusar que las ideas están ideologizadas. El pasado martes, la candidata presidencial de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, aseguraba en El Mercurio que “los ideologismos, tanto de izquierda como de derecha, están agotados”.

    La Real Academia define la palabra ideología como el “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o un movimiento político”. La congresista y timonel de la DC propone recuperar el camino del “diálogo y el reencuentro”, pero no transparenta un posicionamiento claro, más allá de los eslóganes que coinciden con sus ideas en la campaña.

    Esto es criticado por históricos de la DC, como el ex senador Mariano Ruiz-Esquide, quien sostiene que el centro político no es el lugar en que se ha movido la DC en los últimos años, sino que es la centroizquierda, una determinación tomada por la Junta Nacional del partido. “Ella dice que no estamos ni en la izquierda ni en la derecha, que no es el tiempo. ¿Entonces cuál es el tiempo? ¿El centro? Porque en la Junta lo que se habló permanentemente es que estamos en la centroizquierda y que seguimos en la Nueva Mayoría, bajo eso se votó. Si después me vienen a decir que estamos en el centro, ya pasaron también los tiempos en que el partido era ni fu ni fa”, expresa.

    Ruiz-Esquide además espera que durante las próximas semanas no se tergiverse lo decidido por la Junta Nacional, algo que ve hoy de parte de algunos militantes del partido.

    Desde fuera, el cientista político de la Universidad Diego Portales, Claudio Fuentes, explica que esta retórica de los actores políticos se debe a que estamos en un tiempo donde la ciudadanía rechaza a las instituciones, por lo que la ideología se considera algo negativo. En consecuencia, Goic busca desmarcarse de esto.

    Por otra parte, Fuentes señala que desprender a la DC del concepto de ideología es algo imposible técnicamente: “Es una falacia, porque cualquier iniciativa política, cualquier desafío de política pública, implica ciertos niveles de ideologización, porque detrás de cualquier decisión hay ciertos marcos de comprensión de cómo funciona la política, el Estado, la sociedad. Esos principios delimitan lo que es la ideología”, aseveró el especialista.

    Por su parte, el diputado DC Jorge Sabag dice que su candidata acierta. El congresista critica que este Gobierno ha tenido mucho “sesgo ideológico”, asegurando que su partido está libre de esto. “Una cosa es doctrina, ideas políticas, y otra es una ideología, que es una simplificación de la realidad, una reducción a categorías básicas, como suele hacerse. Por ejemplo, el Partido Comunista descalifica a la oposición venezolana porque dicen que es fascista. Eso es una reducción”, señaló.

    La DC se fundamenta en el humanismo cristiano. El partido ha evidenciado la influencia eclesiástica históricamente, sobre todo al momento de proyectos valóricos, como lo fue en su momento la ley de divorcio o como es actualmente el aborto, donde la colectividad ha sido una barrera ideológica a los cambios de nuestra sociedad. En materia económica, en tanto, nunca ha rechazado el neoliberalismo y se ha limitado a que este sistema contenga algo de justicia social.

    En el presente, intentan desmarcarse del resto de los partidos de la Nueva Mayoría que tienen un perfil más “progresista”, lo que mantiene al conglomerado en una serie de disyuntivas debido a cómo esto ha dirigido las decisiones políticas de la DC.

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  2. La educación y la ideología

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    Alfredo Joignant

    Publicada el 31 de marzo de 2014 en La Segunda

    “Si hay una crítica que los centros de estudio (de derecha) deben hacer es, ni más ni menos, por qué siendo tantos y con cientos de investigadores, las ideas que profesan han retrocedido tan fuertemente en la sociedad”. Con estas palabras el senador Andrés Allamand cerraba una nota periodística acerca del severo problema en el que se encuentra la oposición, no sin antes recordar que hace cuatro años “el concepto de soluciones privadas a los problemas públicos se encontraba muy vigente”.

    Entonces, ¿qué ocurrió? Que los movimientos sociales lograron desplazar los límites de lo pensable, a lo que se sumó una actitud distinta de los partidos de la centroizquierda frente a exigencias de la sociedad que antes, simplemente, no eran vistas: la derrota electoral de 2010 produjo un efecto de liberación en los partidos, lo que permitió ver y discernir desde otro lugar. Puede entonces entenderse el apego del nuevo gobierno al programa, que no se explica por cultos ni por dogmas: simplemente por la función de brújula que este desempeña en un mundo en ebullición, en un año (o dos) que serán los más ideológicos desde 1990.

    Para aquilatar la magnitud de los cambios, casi se podría decir que en educación (especialmente en educación superior) los términos de las respuestas que dominaron por 35 años se invirtieron —soluciones públicas a problemas públicos—, lo que plantea la pregunta del lugar que social y culturalmente las soluciones privadas pueden ocupar. El ministro Eyzaguirre estableció una línea divisoria entre universidades públicas y privadas, sin explicar ni justificar enteramente los términos del problema. Es cierto que existe una diferencia entre universidades públicas y privadas, pero ¿en qué consiste? Para responder, es importante distinguir entre universidades públicas estatales, universidades privadas con vocación pública y universidades privadas que se proponen satisfacer intereses particulares.

    Las universidades estatales son aquellas en donde el Estado es propietario, y en donde se presume que su misión y rol es público, es decir, que se orienta por consideraciones que no se limitan a los intereses de unos pocos grupos o individuos, sino de todos. Si el ministro Eyzaguirre pudo hablar, con razón, de un trato preferente a estas universidades, no es porque, por razones de agencia y en virtud de la propiedad estatal, ellas se alineen mecánicamente con el interés general (es concederle demasiado significado y poder a la propiedad estatal). La razón es otra: es porque hay algo específico e irrepetible en las universidades estatales, una función de espejo de la sociedad chilena, y un afán por encarnar a Chile en toda su diversidad. Si es así, entonces es verdad que actúan en desventaja frente al resto de las universidades que no se encuentran sujetas a las restricciones paralizantes de la Contraloría, ni a las deudas deliberadas que fueron generadas por un proyecto neoliberal enemigo de lo público.

    En cuanto a las universidades privadas, es esencial distinguir entre las con vocación pública sin fines de lucro y las que satisfacen intereses particulares y, además, lucran. Esta distinción es crucial, puesto que alguna razón habrá para que la U. de Concepción sea entendida por moros y cristianos como pública, en circunstancias en que es privada. Pues bien, estas universidades cumplen un rol público, algunas de ellas reproduciendo la heterogeneidad de Chile y otras promoviendo una visión del país a partir de cultos religiosos, en ambos casos de modo legítimo. Lo ilegítimo es satisfacer intereses particulares en la más completa indiferencia por lo público con fondos… públicos. En tal sentido, cabe discernir entre proyectos universitarios privados que se benefician con fondos públicos (basales o no) porque su misión es pública (de la UDEC a la UDP, pasando por la U. Alberto Hurtado), de otros (como los que son encarnados por las casas de estudio del grupo Laureate, muy especialmente la U. de Las Américas) en donde la probabilidad de que estén lucrando es altísima.