
Manuel Vicuña, Decano de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Para el decano de Historia de la UDP, Bachelet está pagando los costos de su forma de liderazgo.
Hoy el trabajo del historiador Manuel Vicuña (45) depende de la amabilidad del escritor y editor Matías Rivas.
Como la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la U. Diego Portales, de la que es decano, está en toma, se quedó sin oficina. Por eso está ocupando la del director de Publicaciones de la universidad, ubicada en la señorial casa central de calle Ejército.
Es ahí donde Vicuña, uno de los principales cultores del ensayo en la academia -autor de ocho libros-, se sienta a repasar el momento que vive la Presidenta Michelle Bachelet, en medio de una crisis política que no parece terminar.
Su juicio a su figura es lapidario.
-Se dice que la Presidenta está sola políticamente. ¿Está de acuerdo?
-De partida, cualquier cargo de autoridad implica una cuota de soledad. En el caso de la Presidenta al día de hoy eso se ha radicalizado, está más sola que nunca y no se ve por dónde pueda revertir ese proceso. Ella siempre ha sido muy desconfiada, se ampara en un círculo cerrado y ese círculo se le desbarató con la salida de Rodrigo Peñailillo. Hoy está rodeada de ministros, como por ejemplo Jorge Burgos, con los cuales prácticamente no mantiene relación. No tiene gente en la cual confía y, a diferencia de presientes previos, nunca se ha esforzado por tener una relación fluida con los partidos políticos.
-¿ Está pagando los costos de su forma de ejercer liderazgo?
-Totalmente, porque en el fondo al momento de los problemas no hay nadie que venga a socorrerla. Súmale que ella construyó su liderazgo sobre la base de los afectos, de los atributos blandos y ahora que se produjo un cortocircuito con la ciudadanía y perdió esos atributos, también se quedó sola, no sólo con respecto a su gobierno, a los partidos, sino que también al vínculo que mantenía con la mayoría de la ciudadanía.
-Desde su perspectiva, ¿Bachelet responde a cierta tradición en el ejercicio del poder presidencial?
-Creo que lo suyo es más bien nuevo. Es mujer y eso supone una relación distinta con la ciudadanía y también con los propios partidos, que son fundamentalmente un mundo masculino y no muy moderno en relaciones de género. Son famosas las reuniones de directivas de partido donde no convocan a las mujeres, aún cuando ejerzan algún cargo en esa directiva.
Es un liderazgo basado en el carisma, algo que no es del todo novedoso, pero sí muy raro. Uno puede pensar en un antecedente, salvando las diferencias: Arturo Alessandri en 1920, que establece ese vínculo carismático con sectores populares, prescindiendo de los partidos. Otra diferencia es que Bachelet se trata de una Presidenta que, en general, tiene una actitud más bien prescindente respecto del día a día del Gobierno, es la antítesis de Lagos o de Piñera, que manejaban en detalle la información de Gobierno.
–Hablaba de la soledad del poder. Quizás sea una constante en el caso de los presidentes chilenos: uno puede pensar en Allende al momento de su suicidio y Pinochet la noche del plebiscito, absolutamente solos ante la historia.
-Uno puede pensar en Balmaceda también, aunque quizás no haya mucho punto de comparación. El caso de Allende es el más extremo, porque si bien contaba con el apoyo popular siempre su gobierno, de alguna u otra, fue boicoteado por su propio partido. Eso es totalmente distinto a lo de Pinochet, que, aún cuando se quedó solo esa noche, contaba con el apoyo irrestricto de una parte importante de la ciudadanía. Su figura más bien es la del dictador que se siente traicionado.
-Usted estudió la Belle Epoque chilena y uno de los presidentes de ese período, Pedro Montt, se apoyaba mucho en su mujer.¿La familia sirve como apoyo en momentos de crisis?
-En el caso del Presidente Montt, su mujer, Sara del Campo, era un poder oculto en la sombra, era de cierta manera una operadora política a través del salón y de los vínculos sociales que establecía.
Respecto a Bachelet, yo en el ámbito también la veo muy sola. Me parece que el gran puntal ha sido su madre, quién además tiene olfato político. Pero después de Caval las relaciones de confianza, el trato cotidiano con su hijo se debe haber visto debilitado.
La paranoia y la desconfianza
-Habla de cierto machismo. ¿A un Presidente hombre le harían estas críticas?
-Yo hablo de cierto machismo en las estructuras partidarias, pero no creo que uno tenga que recurrir constantemente al machismo para explicarse cualquier visión crítica a la Presidenta. Me parece que es un recurso que hay desestimar a estas alturas del baile.
-¿Ella tiene alguna oportunidad de cambiar esta situación?
-Lo veo difícil, está como ida en cierta manera. No ha logrado retomar la agenda, no ha logrado volver a ejercer una conducción política; se la ve muy golpeada, muy sobrepasada por la situación. Tampoco le ha dado a su nuevo gabinete el ‘voto de confianza’ para que ejerza con cierta autonomía la conducción política que ella no esta dispuesta a poner en práctica. Por eso uno ve ministros que parecen caminar siempre al borde de la cornisa, sin dar directrices claras, siempre respondiendo a la agenda de cada día.
-¿Habrá cierta ‘psiquis presidencial’ que haga que un Jefe de Estado se sienta solo o traicionado constantemente?¿ La Presidenta se sentirá traicionada en estos momentos: su hijo, Peñailillo?
-Hay gente más proclive a la paranoia, pero no hay que atribuirlo al cargo en sí mismo. Difícil saber si se siente traicionada. Es muy difícil saber qué piensa sobre los problemas del país, más difícil saber es elucubrar qué pasa por su cabeza con respecto a este tipo de sentimientos.
-¿Usted sugiere entonces que la Presidenta es un poco paranoide?
-La República Democrática Alemana, donde se exilió, funcionaba sobre una estructura paranoide. Ahí los vínculos de confianza, incluso las relaciones afectivas, tenían un doble fondo: la persona a quién más tú estimas te podía estar traicionando con los servicios de seguridad.
Si uno piensa en cómo ella ejerce el poder y cómo intenta blindarse con un círculo de confianza, no digo que suponga paranoia, pero sí un principio de desconfianza más allá de lo habitual, incluso con las fuerzas políticas que la apoyan.
-Hoy algunos que le piden a Bachelet que ejerza un liderazgo fuerte ‘estilo Ricardo Lagos’, por ejemplo, pero muchos se olvidan de que cuando él dejó la presidencia, en 2006, su estilo molestaba a muchos.
-Representan liderazgos disímiles. Bachelet marca un cambio de época, abría la posibilidad de un tipo de liderazgo más empático con la ciudadanía, que daba la impresión de un trato más horizontal y que prometía una renovación de la clase política.
En caso de que vuelva un liderazgo fuerte es más bien una respuesta a lo que ha ocurrido en este Gobierno. Por decirlo así: lo que pasa con Bachelet no es sólo que al día de hoy, dadas las circunstancias, empiece aparecer la añoranza de un liderazgo fuerte ‘tipo Lagos’, lo que ocurre es que ella no ha logrado poner en práctica el tipo de liderazgo que la ciudadanía esperaba de ella.
Ver entrevista en lasegunda.cl

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP
Expertos dicen que responde a latas expectativas sembradas por el gobierno, a un nuevo escenario político y a que ”los actores sienten que no sacan nada en las negociaciones formales”.
Efecto ”baja aprobación”
Mauricio Morales, doctor en Ciencias Política y director del Observatorio Político Electoral de la Universidad Diego Portales , señalan que ”esto se explica porque este es un Gobierno que sólo tiene un 30%de aprobación , por lo tanto hay mayor probabilidad de que los grupos sociales se levanten y protesten”.
En segundo lugar, dice, ” hay un ambiente que hace que la política no sea un cauce legítimo para resolver las demandas: hoy la ciudadanía más preocupada de las reformas políticas y del cambio de la Constitución , que de problemas más contingentes”.
Al final, concluye ,”eso hizo que el Gobierno se despreocupara de lo más importante:gestionar y gobernar”.
El doctor en Sociología y académico de la Universidad Adolfo Ibañez, Aldo Mascareño ,dice que ”es obvio que hay un malestar extendido en distintos campos. Las instituciones no están dando realmente cuenta de las expectativas de la gente, y eso es muy claro en el caso de la educación desde 2011”.
Agrega que ”cuando las expectativas se incrementan, es más probable que se termine defraudando. Un problema de la crisis es tener demasiadas expectativas”.
Ver entrevista en lasegunda.cl

Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.
Enfrentar los nexos entre el gobierno y los escándalos de corrupción, evitar con medidas concretas (delincuencia, empleo,salud,seguridad social)una mayor pérdida en los sectores medios, y ”afianzar al gabinete”-especialmente en las reformas de educación superior y laboral,pendientes para este año-son las tres grandes vetas que el académico de la Universidad Diego Portales identifica como probables vías de escape para la crisis bacheletista. En lo primero ”tiene que salir con propuestas fuertes y declaraciones asociadas”,ya que la estrategia de evitar hablar de un tema tan obvio es equívoca”,dice. Y como advierte que ”debe estar perdiendo votación en sectores medios”,”debe tener politicas asociadas a essos sectores”.

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP
Por Equipo Cambio21 A juicio del experto de la Universidad Diego Portales Mauricio Morales, “hay una carga negativa que le ha entregado el concepto de precampaña por parte del Gobierno y de las dos coaliciones más importantes“. En su opinión, la precampaña es fundamental en todo proceso electoral.
Casi jugando a la teoría del empate, mientras la UDI critica el financiamiento que tuvo la campaña electoral de Michelle Bachelet antes de su retorno al país procedente de ONU/Mujeres y el rol que presuntamente tuvo el operador político del PPD Giorgio Martelli en ese proceso, la Nueva Mayoría custiona la forma en que obtuvo sus fondos para campaña el senador de la UDI Jaime Orpis, quien admitió que recibió dineros “irregulares” de Corpesca entre 2010 y 2013, en plena tramitación de la denominada “Ley Longueira”, que regula la explotación de los recursos marinos.
En este contexto, el senador y timonel del gremialismo, Hernán Larraín, llamó a la clase política a “sincerar” ante la opinión pública los ilícitos que se han cometido transversalmente para financiar las campañas políticas y, al mismo, “pedir disculpas” por tales hechos.
“Lo que dijo la senadora (y timonel socialista Isabel) Allende, de que todos habíamos incurrido en algún resquicio, es la pura y santa verdad. Por eso creo que llegó la hora de hacernos cargo de esta situación ante el país”, agregó.
Agarrando el guante, la parlamentaria PS afirmó que lo que hay que sincerar es que la denominada precampaña “no está regulada”. De paso, exculpó a la presidenta Bachelet, ya que, a su juicio, “no existió una precampaña desde el punto de vista de ella. Lo hicimos nosotros”.
“Aquí hay una confusión tremenda y se ha metido todo en un mismo lugar. Aquí se confunde cohecho, tráfico de influencias, financiamiento irregular y precampaña. He dicho con claridad y he reiterado que casi todos los candidatos y actuales miembros del Parlamento no empezaron ni un mes antes con publicidad ni en los 90 días antes en que se inscriben. Empezamos mucho antes, porque es razonable que así sea… Imagínese un candidato nuevo que tiene que entrar a competir con alguien que ya está establecido”, agregó.
Triste espectáculo
El analista y académico de la Universidad Diego Portales, Mauricio Morales, se refirió al tema de las precampañas, donde criticó en duros términos al vocero de Gobierno, Marcelo Díaz, primero por negar y luego admitir que Bachelet tuvo precampaña electoral en el pasado proceso presidencial de 2013.
En diálogo con Cambio21, el profesional indicó que “es deseable que todos los candidatos hagan precampaña y por una sencilla razón: acá se establecen las bases programáticas y los equipos de trabajo y brindan seriedad al proceso. Hablaría muy mal que un postulante a un cargo equis que no haga precampaña, porque significaría que esa persona tenía muchísimo dinero como para evitar la precampaña y solamente preparó a un equipo de forma rápida, lo que denota una seria irresponsabilidad”, comentó.
A juicio del experto, “hay una carga negativa que le ha entregado el concepto de precampaña por parte del Gobierno y de las dos coaliciones más importantes. Solo se han enredado en una pelea que no tiene sentido“.
“Es más, el portavoz, en un triste espectáculo, señaló en primer lugar que Bachelet no hizo precampaña, lo que es francamente absurdo. Por lo tanto, lo que provoca es que extrañen a su antecesor Álvaro Elizalde y también confundir a la opinión pública y tratarla como interdicta. Y eso en política va a ser sancionado por los electores, lo que ya se vio en la encuesta de Cadem“, remarcó.
Morales detalló que “las campañas parten desde los 90 días antes de que se inscriban los postulantes a cargos de elección popular, no de los 30 o los 60 como lo han dicho autoridades de distintos partidos políticos del país y la única forma de comenzar a corregir esto sería aumentando el período de campaña en un mes adicional. O sea, que ya no sean 90, sino que 120”.
“Por ende, el hecho de que los candidatos puedan realizar actividades pagadas en el período anterior podría ser catalogado como ilegal, pero entendiendo que las precampañas siempre van a existir y que en la actualidad las empresas están interviniendo con donaciones, lo que se prohibirá en la nueva ley, pero que no enmendará los problemas de financiamiento que existen”, advirtió.

Alfredo Joignant, Doctor en Ciencia Politica Universidad Diego Portales
Anoche, en el programa ‘El Informante’ de TVN, conducido por el periodista Juan Manuel Astorga, se debatió sobre las repercusiones políticas y sociales tras el cambio de gabinete llevado a cabo por la Presidenta Michelle Bachelet. El panel estaba integrado por los abogados Axel Kaiser y Juan Carlos Eichholz, la ex ministra Laura Albornoz y el doctor en Ciencia Política, Alfredo Joignant.
Este último aprovechó la ocasión para criticar a su par Max Colodro, quien había realizado un análisis en La Segunda respecto al alejamiento constante que ha tenido la Presidenta con sus colaboradores más cercanos, a lo largo de su carrera política. “Ella es muy fría y siempre opera en función de sus intereses, más allá de los de un grupo humano. Y cuando esos intereses se ven afectados por otras personas, simplemente corta con ellos”, dijo el analista.
Joignant comenzó advirtiendo que existe una cierta “fanfarronería analítica”, dejando en claro que Max Colodro es un filósofo y no un sicoanalista. “Max comienza a interpretar la soledad de la Presidenta en términos de egoísmo, que piensa sólo en sus intereses, una cosa que francamente termina siendo muy desagradable. En circunstancias que aquí se están jugando cosas demasiado de fondo como para dejar pasar análisis de esa naturaleza, un poquito gratuita e impunemente”, señala el cientista político de la UDP.
A renglón seguido, el conductor del espacio pregunta: “¿Es posible que llamemos a Max Colodro?”. Cuando el diálogo fluía entre los invitados, Astorga confirma que se han logrado comunicar con el interpelado cientista político. Este, agradece la oportunidad y aclara que nunca ha escrito una columna de opinión sobre la soledad de Bachelet, “yo le contesté a una periodista que estaba haciendo un reportaje sobre la razón por la cual la Presidenta ha tenido problemas con gente de su entorno y con gente que ha terminado por alejar, como es el caso de Rodrigo Peñailillo”.
Entonces, Joignant insiste: “El tema no es la soledad en sí mismo. Son los epítetos que Max de manera muy imprudente señala en esa conversación. Decir que la Presidenta es egoísta, piensa en sus intereses, ¿qué es eso? Eso termina siendo ofensivo”.
“Yo no he dicho que la Presidenta es egoísta”, exclama Colodro.
“Lo estoy leyendo, lo dijo tal cual”, responde Joignant, quien es apoyado en ese minuto por la ex ministra Albornoz: “¿Quién tiene La Segunda?”.
“La reflexión que hace Max es una reflexión de superficie, por no decir superficial, en circunstancia de lo que está presente son reformas de fondo que no se han detenido (…) no se trata de si la Presidenta sólo piensa en ella, eso es banal”, concluyó el invitado.
Ver entrevista en TVN.cl
El cine para adultos ha sido por años el rincón oscuro del cineclub y la página escondida de internet, un espacio pensado, producido y consumido por los hombres. Generalmente, en la pornografía la mujer tiene un rol utilitario, un cuerpo cosificado, listo y dispuesto para entregarle placer al hombre y nada más que al hombre. Sin embargo, un género hasta un género hasta hace poco secundario ha crecido masivamente en los últimos años, intentando derribar estos estereotipos machistas sin dejar de excitar a sus espectadores. Este es el auge del porno feminista.
Alfredo Joignant
Publicado el jueves 21 de agosto en La Segunda
La doxa es un término de los antiguos griegos del que se apropió la sociología crítica, para nombrar la experiencia práctica de un mundo que es experimentado en el modo de la evidencia. Pues bien, es a ese mundo dóxico que se refiere la polvareda levantada por la publicación de la reciente encuesta CEP.
Esta encuesta ha sido históricamente un instrumento doxométrico relevante, amparado por un exitoso productor de “opinión pública” como el CEP, una respetable sigla asociada a la derecha liberal. Recordemos que, en la elección presidencial de 2013, la encuesta CEP fue denunciada por la candidata Matthei y la derecha como nefasta y malintencionada, lo que provocó una promesa de revisión de su metodología por parte de los directivos de este centro de estudios. ¿Se tradujo en algo esa promesa pública? Al parecer no, ya que nada nos dicen al respecto ni su ficha técnica ni el técnico encargado de difundir sus resultados.
La polémica volvió a cundir la semana pasada. En su última medición, el CEP ensayó una batería de 16 preguntas sobre educación, de las cuales 9 eran nuevas y 7 se repetían. Varias de ellas eran metodológicamente infartantes, dados los sesgos involucrados, los que fueron ignorados por no pocos medios radiales, como por ejemplo por un par de connotados periodistas (y buenos amigos de quien escribe) del programa “Hablemos en off” de radio Duna. Sin embargo, el caso más interesante de experiencia dóxica de la realidad consiste en responder de modo natural una pregunta que no es normal formular ni responder en 2014, al generar un verdadero efecto de imposición de problemática que en la realidad no existe. La pregunta es la siguiente: “¿Piensa usted que el Estado debiera financiar a las escuelas y liceos municipales y a los colegios particulares subvencionados o sólo debiera financiar a las escuelas y liceos municipales, pero no a los colegios particulares subvencionados?”. Cómo no verlo: la situación que es planteada por la pregunta no existe, ya que ni el programa de gobierno ni las propuestas del ministro Eyzaguirre apuntan en esa dirección. Se nos podrá decir que en noviembre-diciembre de 2011 varias preguntas de este tipo fueron formuladas y nadie reparó en sesgos; esto es cierto, siempre y cuando se entienda que el contexto histórico en aquel entonces era distinto al de hoy, con movimientos sociales de gran envergadura que recién abrían el abanico de posibilidades del mundo de ayer. Dos años después, preguntas de este tipo son escandalosas, porque el mundo varió y varias preguntas del CEP permanecieron idénticas, como si el contexto histórico fuese el mismo.
Se trata de un verdadero caso de estudio, en donde varias preguntas producen las condiciones sociales para una experiencia dóxica en un mundo que, en realidad, no existe. Un caso interesante, por cuanto se origina en un instrumento influyente, cuyo poder consiste precisamente en construir realidad mediante la manipulación de la opinión pública, ese gran artefacto de los tiempos modernos.
Una de las más bellas canciones de Pink Floyd (“Comfortably Numb”) se inicia con un recordado “Hola… ¿hay alguien ahí dentro?”, prosigue con un “Oí que te has estado sintiendo mal (…), ¿puedes mostrarme dónde duele?”, para en seguida descubrir “que no hay dolor, estás retrocediendo”.
Es precisamente la extraña situación que aqueja a la Nueva Mayoría, entumecida por dos incómodas verdades.
La primera se refiere al programa de gobierno. ¿Qué función cumple o qué papel asignarle? Después de su constitución en oferta electoral, ¿qué hacer con él cuando se está en el gobierno? Pero, ¿qué es exactamente lo que se le ofreció al pueblo hace un puñado de meses? ¿Un compromiso, una idea sin consecuencias, una promesa? No es una casualidad si el concertacionismo responde estas preguntas rechazando su uso como tabla de la ley, mientras que el neo-mayorismo lo concibe como palabra empeñada. En ambas posturas, se encuentra presente una ficción necesaria: la de un pueblo que por alguna razón confirió un mandato, y que al debatir crudamente lo que quiso decir debilita el poder legitimador de la ficción. Un pueblo que, dependiendo de quién lo nombre, se declina como consumidor de bienes políticos que fueron ofertados, como electorado que delibera y sufraga por candidatos, ideas o promesas, como gente, masa, multitud o populacho incompetente que no tiene por qué tomarse en serio.
La segunda verdad es la más importante, y se expresa en los términos irreconciliables de una voluntad mayoritaria enfrentada a la necesidad de generar acuerdos en virtud del realismo de las cosas. En esta segunda incómoda verdad hay una racionalidad, sutil y poderosa, que consagra una fractura al interior de la coalición, y que se resume en una pregunta: ¿para qué me convoca a las urnas para formar una mayoría que usted no va a ejercer? Esta pregunta siempre ha rondado en la política chilena, y hoy es abiertamente formulada. Nadie duda de que una considerable mayoría política, y hasta hace poco social, surgió de las urnas en diciembre de 2013, y es evidente que en los últimos 30 días se ha impuesto el reflejo del consenso. El problema, sutil y decisivo, es que no es lo mismo buscar acuerdos teniendo conciencia y voluntad de ejercer la mayoría política en caso de disenso con la oposición, y promover acuerdos abortando la mayoría de la que se dispone. Este es el origen del extraño mal que aqueja a la Nueva Mayoría, entumecida ante la posibilidad de ejercer su mayoría y estremecida por la pasión de concordar y negociar.
Lo que se hizo evidente en la coalición gobernante son distintas concepciones del programa y del pueblo, ambos sujetos a interpretaciones contradictorias que socavan la ficción de su soberanía. ¿Qué mayoría surgió entonces de las elecciones? Nadie lo sabe, porque para algunos su verdad es incómoda y para otros su existencia, una pesadilla.
“Cuando era niño, tuve fiebre (…). Ahora tengo esa fiebre nuevamente —no lo puedo explicar, no lo entenderías—. Yo no soy así. Me he convertido en un cómodo insensible”.
Publicado el 22 de mayo por La Segunda
El problema político es el de compatibilizar la credibilidad con la eficacia, lo que se juega en el talento de quienes nos gobiernan”.
En términos formales, la noción de tiempo se concibe como un conjunto más o menos preciso de métricas con las que se miden eras, ciclos, procesos, eventos y acontecimientos históricos. Parafraseando a Pamuk en “La vida nueva”, a la pregunta ¿qué es el tiempo?, la respuesta del novelista oscila entre el “accidente” y la “vida” entendida como “un período de tiempo”. Llevado a la política práctica, la noción de tiempo alude a la dinámica (lenta, inquieta, veloz) de lo que acontece en el campo político. Y cuando el poder que fluye en el campo político es organizado por una forma presidencial de régimen, como en Chile y su presidencialismo reforzado, el tiempo de la actividad política mucho depende de las iniciativas y acciones de la Primera Mandataria.
Pues bien, para nadie es un misterio que la cadencia del tiempo observada en la política chilena actual es, simplemente, vertiginosa. De allí que se multiplique entre los actores de la política y sus analistas la imagen del “pie en el acelerador” que marca la potencia del Gobierno, así como la relación profundamente asimétrica entre el oficialismo y la oposición tras los resultados de las últimas elecciones generales. Esto no sólo tiene que ver con el contenido de las reformas que están siendo promovidas por el Ejecutivo de la Presidenta Bachelet; tampoco se relaciona con el volumen de los cambios involucrados. La naturaleza inédita del vertiginoso tiempo reformista observable en Chile reside en la conjunción de ambas cosas.
Hasta el mensaje presidencial del 21 de mayo, lo que predominó fue la rapidez y la convergencia de las promesas de cambio hasta constituir una simultaneidad entre tres grandes de reformas, todas ellas en curso de tramitación en el Congreso en ritmos dispares, aunque todas ellas veloces: la reforma tributaria, la reforma del sistema binominal y la reforma del sistema educacional. Desconozco los efectos buscados en esta fase vertiginosa, pero sí es posible interpretar el resultado alcanzado hasta el mensaje de ayer: ante la desconfianza de los movimientos sociales y de muchos chilenos con la política y sus instituciones, esta rapidez produjo credibilidad en lo que fueron promesas de campaña.
A partir del 21 de mayo, lo que parece asomar es una lógica de secuencias y ya no de simultaneidad, lo que maximiza la dimensión de eficacia de las promesas de campaña. Qué duda cabe: la propia postergación del calendario del cambio de la Constitución y del método para lograrlo confirma esta concepción secuencial. Tal es la lógica del curioso y fascinante gradualismo que estamos observando. Nada garantiza su éxito, sobre todo si en la tramitación legislativa el ritmo de la reforma se ralentiza al punto de amenazar la credibilidad ganada en la fase de despegue del Gobierno. De allí, entonces, que el problema político sea el de compatibilizar la credibilidad con la eficacia, lo que se juega en el talento de quienes nos gobiernan.
Alfredo Joignant
Publicada el 24 de abril de 2014 en La Segunda
Sistema de ideas y creencias cuya función es organizar el mundo a partir de significados, la ideología es un fenómeno social. Como tal, cumple una función natural en la vida en sociedad: organizarla en torno a significados para que las personas puedan darles sentido a sus vidas y a lo que las rodea. Y si esas ideas se hicieron sentido común, es porque se cristalizaron como cultura.
Pero la ideología se transforma en un hecho político cuando los significados involucrados sobre asuntos esenciales no son compartidos, sobre todo si un cuerpo de ideas y creencias polémicas comienza a predominar. Es a eso que Bourdieu llamaba dominación simbólica y Gramsci, hegemonía, este último transformado por la UDI en el viejo del saco: un miedo inútil, porque si bien Gramsci puso en palabras la constatación de que existen ideas dominantes, estuvo lejos de entender plenamente la dinámica de lo que él llamaba hegemonía.
En Chile, la ideología neoliberal fue hegemónica durante 35 años. Pensamiento poderoso, el neoliberalismo abarcó una infinidad de áreas de la existencia, en donde lo esencial era asegurar por medios privados y mercantilizados bienes que en otras épocas eran de responsabilidad de todos, y en primer lugar del Estado. Esa hegemonía está quedando atrás, desafiada por otras ideas sobre cómo vivir juntos y cumplir con el ideal de realización individual sin desinteresarse del resto.
Para que una nueva hegemonía se imponga, no se necesita que todos los que rechazan el neoliberalismo adhieran a un nuevo cuerpo de ideas. Es más: no es necesario que las entiendan, lo que suele traducirse en críticas secundarias y guiadas por preocupaciones procedimentales, o por percepciones sesgadas de lo que constituye el valor de lo público. Tomemos dos ejemplos.
Días atrás, Mariana Aylwin alertaba sobre la penetración de ideas reformistas y, según ella, equivocadas, en educación, especialmente respecto de los colegios particulares subvencionados. En una columna, la ex ministra afirmaba con razón que a los padres “les da lo mismo si los colegios son privados o estatales”, puesto que lo que les importa es la calidad, y si eligen establecimientos particulares subvencionados no es porque sean “unos estúpidos engañados por el neoliberalismo”. Pues bien, esta indiferencia sin duda racional de los padres no tiene por qué mantener en la indiferencia a columnistas o políticos acerca del fundamento de este “da lo mismo”: un desprecio inconfesable por la educación pública (municipal), la que, de no existir (destino plausible del sistema educacional chileno de no mediar el Estado), terminaría siendo al inicio una educación para pobres, para enseguida renunciar al ideal de igualdad ante un bien cuya necesidad es universal.
Lo mismo se puede decir de J.J.Brunner, quien, temiendo la profundidad de la controversia ideológica en educación, lamenta el hundimiento de los “buques insignia” de la educación pública (los liceos emblemáticos) mediante el término gradual de la selección, sin percatarse de que ésta, precisamente porque particulariza y no universaliza, es un pésimo argumento para defender la educación pública. ¿Tan inaccesible al entendimiento normativo es la búsqueda ideológica de un ideal de realización universal que se aviene mal con la selección que privilegia con dinero público la excepción individual? ¿No será mejor declararse derechamente liberal —en-algún-sentido—, para argumentar en contra tanto del neoliberalismo como del ideal socialdemócrata del nuevo modelo y del régimen de lo público?
Si todo esto es posible es porque se abrió en Chile una brecha de sentido, hegemónica si se quiere. Para colmarla, de poco sirve apelar a la tradición chilena o a las mediciones, estas últimas rara vez concluyentes: no porque las mediciones en educación —o en salud— estén erradas (las estadísticas suelen satisfacer todos los gustos), sino porque el ejercicio técnico de medir desigualdades o injusticias se localiza hoy en medio de una batalla ideológica, en donde la medida del mejor o peor mundo posible se subordina a lo que hace sentido. Por cierto, disipemos otro cuco: en democracia.