Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
“…no hay que ser un genio para advertir el contrasentido de abogar por la tolerancia, el respeto a la diferencia y la eliminación de las bacterias del lenguaje, al mismo tiempo que se practica el sectarismo, sin nunca admitir un hecho básico avalado por la historia: la falibilidad humana…”.
Llevamos años en esto, y tenemos para rato. A diario se impone la moral del rebaño en nombre del progresismo, cuya manera más efectiva de silenciar a los incrédulos es el matonaje en las redes sociales. Con frecuencia, y a veces sin mediar más que un descuido, estalla la reacción en cadena que sacrifica al canalla de turno.
Llevado a este extremo, no corresponde hablar de moral, sino de moralina. Quienes la encarnan suelen considerarse los emisarios de un futuro mejor en misión de servicio en un presente aún poblado por costumbres retrógradas. No faltan los que creen en el progreso de las sociedades, en la arrolladora evolución ética de la humanidad, con una candidez similar a la de quienes combaten el insomnio con grabaciones del oleaje del mar. Pero la verdad es que esos modelos de virtud recuerdan a los beatos vociferantes de siglos anteriores, que el sentido común remite a otra galaxia mental, como si hoy viviésemos a años luz de ellos.
Nadie dice que los principios que defienden los nuevos redentores sean una barbaridad. O que los valores del pasado hayan protagonizado, invariablemente, un cuento de hadas que debiésemos enseñarles a los niños. Hay mucho que tirar a la basura. Es encomiable que el racismo esté declinando y la homofobia y la postergación de las mujeres vayan en retirada. Es saludable que entendamos el maltrato no solo como agresiones o coerciones físicas, sino también como agresiones psicológicas y morales.
El tema es otro. Una cosa es el avance en el respeto a los demás y en el reconocimiento de la igualdad como una condición que no se agota en el plano legal. Otra cosa es imponer esto de modo expeditivo, implantando la tiranía de los puros. Asoma, en esta costumbre, una forma de autoritarismo que se expresa en ataques de intolerancia.
No hay que ser un genio para advertir el contrasentido de abogar por la tolerancia, el respeto a la diferencia y la eliminación de las bacterias del lenguaje (que va camino a tener gusto a cloro), al mismo tiempo que se practica el sectarismo, sin nunca admitir un hecho básico avalado por la historia: la falibilidad humana y, por lo mismo, la conveniencia de cultivar el escepticismo.
Los puritanos del progresismo rechazan los valores que no son de su gusto, con una mala leche que busca acallar a quienes se salen de la línea. No les interesa persuadir con razones o trabar diálogos sin censura, desperdiciando así la oportunidad de acercarse, por medio de esas interacciones, a posiciones más depuradas. Prefieren forzar el acatamiento y sacar de circulación las opiniones disidentes. Intentan pastorear a chicotazos a los indómitos, pretendiéndose dueños de la verdad. En el fondo, actualizan el lema “la letra con sangre entra”.
Solemos olvidarlo, pero tal vez sea hora de recordar el lado odioso del ideal democrático en versión foro digital: darle la palabra a todo el mundo no conduce necesariamente a la expresión de una voz de tono liberal. En estas circunstancias, habría que reivindicar el valor del pluralismo y la resistencia del excéntrico al espíritu gregario y a las opiniones dominantes. Acordémonos de que la historia de la emancipación de la herencia asfixiante del pasado siempre ha supuesto el rechazo a los condicionamientos morales que nos obligan a prejuzgar y a asentir por anticipado.
Nietzsche, que debiese ser lectura obligatoria en los colegios, llamó a volverse inactual o intempestivo como antídoto a ese mal. ¿Contra qué debe luchar el sujeto libre? Eso se preguntó, esto respondió: “Contra aquello que lo convierte precisamente en hijo de su tiempo”.
Hace 100 años, entre retratos de distinguidas señoras y elegantes bocetos de moda, apareció esta publicación dedicada a la mujer. Causó revuelo y pavimentó una nueva forma de acercarse al mundo femenino.
Corría enero de 1917 cuando una nueva revista para mujeres empezó a circular en Santiago: “La Silueta”. Se presentaba en su colofón como una “revista social de arte, elegancia, modas y literatura femenina. Su primer número abría con un editorialque era una declaración de intenciones. En el contexto de que “lo verdadero, o indudable ya, es que la mujer ha llegado a ocupar en la vida el papel que acaso le corresponde”, la revista “aspira a ser el exponente de la cultura femenina”, por lo que invitaba a las lectoras a enviar sus textos. La nota firmada por la dirección prometía: “La Silueta va a mostraros lo que puede y lo que hace la mujer chilena”.Ya en las primeras páginas dedicadas a la crónica social, se aprecia un rasgo que será característico de la revista: incorpora las secciones que hasta hoy son típicas de las publicaciones femeninas, pero con un tono crítico. Así, por ejemplo, la cronista Gypsi partía manifestando su enojo porque le han encargado escribir sobre la vida social, noticias que califica de “algo rancias”, porque las fiestas sociales “no resultarían una novedad para nadie, ya que se publican en todos los diarios”. En el número de febrero, la crónica social firmada por Kismet afirma que “la vida viñamarina resulta muy llena y muy vacía. Por eso algunos se encargan de colmarla con placenteros comentarios acerca de los veraneantes y de cómo exageran la moda algunas damas”. En las páginas de belleza de la edición de junio, Mercedes de la Peña califica a “los cosméticos, las pinturas y los afeites” de “verdugos de la necesaria y justa aspiración femenil” de cuidar su apariencia, advirtiendo a las lectoras sobre los compuestos químicos contenidos en “esos menjurges” (sic) de pomos dorados: “estas materias tóxicas y corrosivas serán los sepultureros de nuestra lozanía”.
Mujeres letradas
La Silueta es parte de una seguidilla de publicaciones creadas por y para mujeres, a partir del creciente acceso a la educación experimentado por las chilenas a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en que la promulgación del Decreto Amunátegui en 1877 fue primordial. Además de favorecer el acceso a la universidad, derivó en la aparición de liceos públicos femeninos. Las nuevas generaciones de mujeres ilustradas no se sentían reflejadas por la opinión pública dominante, que las seguía relegando al rol de madres y esposas, sin pensamiento ni voz. De ahí que para difundir las ideas y el quehacer femenino empezaron a surgir medios escritos como “La Brisa de Chile” (1875) y “La Mujer” (1877), a cargo de Rosario Orrego y Lucrecia Undurraga, respectivamente. Estos medios fueron precursores de un periodismo femenino autodidacta, que mezclaba lo informativo con lo literario. Estas publicaciones, además de las inquietudes intelectuales, abordaron asuntos prácticos como los derechos laborales de las mujeres que se empezaban a incorporar al trabajo. Generalmente se trataba de medios de corta vida y una circulación restringida. En el caso de La Silueta, fue un medio establecido, con impresión en color y papel satinado, una gestión comercial que captó avisadores (los mismos de los medios tradicionales) y duró 14 ediciones mensuales. Corresponde a una etapa más evolucionada del periodismo femenino chileno, como observa el decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales, Manuel Vicuña:-Silueta forma parte de una camada de revistas creadas en la década de 1910, dirigidas a un público de élite, que dan cabida a las mujeres representantes de una veta del feminismo local, que apuesta a reducir la brecha cultural entre hombres y mujeres. Esas revistas incluso les conceden las portadas a las “damas de la buena sociedad”, como se decía entonces, conformando una “galería de damas ilustres”. En otras palabras, convierten a algunas mujeres en personajes públicos y les ofrecen un escenario mediático para ejercer una “toma de palabra” en temas relacionados con la condición femenina, a la larga no solo de los sectores altos. La historiadora Ana María Stuven explica que estas revistas corresponden a mujeres de élite, que “creen que uniéndose en torno a círculos de lectura (que se fundaron emulando los ingleses), al ideal de las tertulias, ellas van a lograr mejorar su condición cultural”. -El feminismo de la revista Silueta está anclado en reivindicar los derechos de la mujer, pero desde la valoración de sus roles tradicionales, no de la igualdad respecto de los derechos masculinos. Por una parte defiende que la mujer sea valorada, y por otra critica a las que están tomando posturas más radicales.
De Silueta a magazine
La Silueta tenía como propietario y director a Ángel Bonfratello, empresario dueño de una tienda de modas ubicada en la céntrica calle Ahumada, que además servía de domicilio oficial para la revista. Él mismo se encargaba de escribir las páginas de moda, inspiradas en las tendencias parisinas. Pero según Ana María Stuven, “esta era la revista del Club de Señoras, donde se reunían mujeres de élite preocupadas por el avance del feminismo”. En la práctica, el Club tenía cobertura permanente de sus actividades en las secciones habituales de La Silueta. La revista contaba con un equipo de colaboradoras que incluía destacadas escritoras e intelectuales como Inés Echeverría de Larraín (Iris), Elvira Santa Cruz y Ossa (Roxane), Amanda Labarca y Lucila Godoy, quien publicó sus primeros poemas como Gabriela Mistral. Como sería práctica habitual del periodismo femenino, incluso avanzado el siglo XX, las autoras firmaban con un alias cuando se trataba de notas más polémicas. En febrero de 1917 publicó el artículo “Cómo se formó el Club de Señoras”, que Iris calificaba de “¡un lugar donde se piensa en alta voz! Es un paraíso reconquistado”. Pero también aludía a dos diarios contrarios al Club, en particular a La Unión, del cual dijo: “no entra en casa, sino en calidad de envoltorio de paquetes de menor cuantía”. El periódico reaccionó con un artículo que “era una gratuita ofensa a nuestras damas”, según calificaba una airada carta de dos páginas publicada en la edición de abril de La Silueta, y que firmaba “una lectora”, que también advierte que Zig-Zag, sin hacer una alusión directa a la revista, buscaba ridiculizarla. El principal semanario nacional de la época se convertiría en una suerte de enemigo de la publicación femenina, aunque sus alusiones a La Silueta eran en tono irónico. El 12 de mayo de 1917, por ejemplo, en la sección “Lo que vemos y oímos” la califica de “una revistilla de modas (…) se imagina que con su estupenda circulación de 15 ejemplares no va a quedar títere con cabeza”. En medio de la polémica, la tienda de Ángel Bonfratello quebró y no siguió financiando la revista, que a partir de mayo pasó a llamarse Silueta Magazine. Se formó una nueva empresa, propiedad del dentista A. Jaime González, quien era avisador habitual. Asumió como director Tomás Gatica Martínez, escritor que provenía de Zig-Zag, con la cual siguió una controversia durante meses. El semanario hacía chistes con el que denominaba “ángel rebelde y cursilón” y una de sus novelas, “La cachetona”, a la que llamaban “La cachetina”, además de insinuar que su salida de la revista no había sido en los términos de tragedia teatral que Gatica señalaba. El aludido respondía con airadas columnas, hasta que decidieron cambiar el tono. Incluso imitaron la página de humor “Indiscreciones telefónicas” de Zig-Zag, donde se referían al semanario como “la Zigzaña”.Silueta Magazine creció como empresa y captó un creciente número de avisadores: después de la portada, venían hasta 17 páginas de publicidad antes de iniciar los contenidos de la revista. En septiembre se anunciaba que en 1918 sería “quincenal y más grande”. Se cambiaron a una nueva casa, en la calle Monjitas, donde además de sus oficinas se instaló una galería de arte. También se empezó a publicitar el lanzamiento del jabón de tocador de marca Silueta, denominación que adoptó la publicación a contar de su edición de enero de 1918, que sería la penúltima.
Menos moda y más letras
“Si se quiere que la mujer se preocupe menos de la moda y más de la vida, es indispensable que se le conceda el más amplio derecho para aprender”, afirmaba uno de los artículos de la edición de julio de 1917. Si bien con la llegada de Tomás Gatica a la dirección Silueta fue evolucionando para convertirse en una publicación cultural (se incorporaron crítica teatral y literaria, ensayos de actualidad y personajes), en paralelo se mantuvo la línea feminista. Las portadas con retratos de señoras de alta sociedad pasaron a ser ilustraciones. Se redujo la vida social a una página gráfica, denominada “Mundo aristocrático”, sin embargo en las últimas ediciones volvió la crónica, aunque en tono tradicional. La crítica se trasladó a las páginas de moda, que en reemplazo de Bonfratello asumieron Musmé y luego Carlos Martínez. La primera invitaba a no desesperarse en querer imitar a las mujeres más jóvenes, mostrando tenidas que también “sirven para las gruesas”. En la página de Correspondencia, donde se pedían consejos domésticos y de belleza, la encargada Sosie se quejaba:-Son tantas las cartas que recibo pidiéndome remedios para adelgazar que llego a convencerme de que esta idea es ya una verdadera obseción (sic) en nuestra sociedad. Reseta (sic): suba ud. todas las mañanas hasta la cumbre del San Cristóbal y no coma nada. Este método es infalible (…) ¡Qué majadería esta de querer adelgazarse!En junio de 1917 debutó la sección “Feminismo/ Lo que dicen ellas”, donde se pedían opiniones a “distinguidas señoras del alto mundo social”. Solo duraría dos ediciones, después que se hizo la versión “Feminismo / Lo que dicen ellos”, donde el Marqués de Dosfuentes sentenciaba: “la invasión por la mujer en las esferas privativas del hombre es una cosa contra la naturaleza”. A la página de cocina, donde se enseñaba a preparar desde huevos revueltos y cazuelas de gallina hasta perfumes caseros, se sumó “El arte del hogar”, sobre cómo hacer manteles, encajes y cojines. En los últimos números aparecerían artículos como “La perfecta soltera”, con consejos para “cuando han pasado los años en que nuestros encantos no son cotizables en la rueda de las especulaciones amorosas”. En “El flirt” se reivindicaba el derecho a tener aventuras amorosas: “una hija de Eva podrá ignorar el arte de preparar croquetas; pero no desconocerá nunca la ciencia del flirteo”.Silueta apareció por vez final en febrero de 1918. La edición número 14 no entregaba ninguna señal de que sería la última: ni siquiera se suspendía el concurso del reloj de oro que se sorteaba desde septiembre.El fin de la revista coincide con un cambio de etapa en la lucha por las reivindicaciones femeninas locales. Para el decano de Ciencias Sociales de la UDP, Manuel Vicuña, este tipo de publicaciones dejó un legado: -Esta forma de protagonismo potenciará la lucha por los derechos civiles y políticos de las mujeres, que adquieren fuerza decisiva en los años veinte.La historiadora Ana María Stuven agrega que en la década siguiente las mujeres se organizarán en partidos políticos, pero su objetivo central todavía no será el derecho a voto:-Les interesa controlar su patrimonio, la educación de sus hijos, decidir respecto de su herencia. El mundo político no les interesa porque es un mundo masculino donde no creen que vayan a obtener gran cosa, que los hombres las vayan a representar bien a ellas. Solo avanzada la década del 20 encontramos mujeres sufragistas. Las nuevas generaciones de mujeres ilustradas no se sentían reflejadas por la prensa, por lo que generaron sus propios medios.
La revista se enfrentó a medios tradicionales, a los que incluso llegó a disputarles avisaje.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
En Radio Zero conversaron con el decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, Manuel Vicuña, sobre la crónica roja, el instinto asesino y la era de lo políticamente correcto en que vivimos.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
En “Reconstitución de escena” (Hueders), el flamante libro de Manuel Vicuña, doctor en Historia titulado en Cambridge y actual Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP, corre sangre por litros. En ese torrente hay delincuentes borrando sus huellas digitales con soda cáustica y otras “hazañas” relatadas en el calabozo. Hay cuerpos abiertos por autopsias hechas a finales del siglo XIX, descritas en detalle. Y cadáveres destrozados deliberadamente, encontrados en distintos lugares de Santiago. También hay fotografías de trabajadores informales y vagos, como pruebas para definir “el primer prototipo del delincuente chileno”. Son puras historias chilenas del crimen, desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta.
Del otro lado, una policía secreta formada en la calle. Jóvenes incentivados a ingresar a la institución por la lectura de las aventuras de Sherlock Holmes. Son escritores de folletines que tratan de alcanzar el éxito de su tiempo en la carroña. Héroes fallidos, más apreciados fuera de Chile que en su institución corrupta.
Se lee además en el libro de Vicuña, quien el año 2010 condujo junto a Francisco Melo en TVN el programa “Algo habrán hecho por la historia de Chile”, las grandes tendencias de la novela policial en el mundo. Por ejemplo, señala los 46 años que pasó en una tumba sin lápida Egdar Allan Poe y la entronización de Holmes como el detective más famoso del mundo. Al punto que su creador, Arthur Conan Doyle, lo resucitó por la presión de sus lectores. También están los escenarios asépticos de Agatha Christie; la frustración de Raymond Chandler, uno de los grandes escritores que modificaron el género y subvalorado en su tiempo. Paralelamente, circulan otros nombres de reconocidos autores que disfrutaron del policial: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Bertolt Brecht.
Antes, la pluma histórica de Vicuña pasó por otros pasadizos: “Voces de ultratumba: Historia del espiritismo en Chile” (2006), “Un juez de los infiernos. Benjamín Vicuña Mackenna” (2003, premio al mejor ensayo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y en el año 2014, publicó “Fuera de Campo” (Hueders), siete perfiles a escritores siempre ubicados en el “lado B” de las bibliotecas. Tal como le gusta estar a Manuel Vicuña.
-¿Cuánto tiempo le tomó “Reconstitución de escena”?
-Tres años de lecturas y escritura.
-¿Cómo trabaja su estilo? ¿Qué referentes tiene?
-Comparto la poética de Edwards Bello: el primer deber del escritor es no dar la lata. Eso supone intentar cierta versatilidad de registros que despabile al lector y logre dar cuenta del carácter multidimensional de cualquier cuestión interesante. Creo que uno piensa y vive a saltos, sin continuidades fuertes, de manera digresiva; mis libros a veces reproducen eso, en la medida en que son fragmentarios y funcionan por las asociaciones que despiertan sus partes, por remotas que parezcan a primera vista.
En general los historiadores de hoy están muy preocupados por el rigor de la investigación, pero poco o nada por las cualidades narrativas de lo que escriben, olvidándose de que la historia tradicionalmente fue parte de la literatura, o de las bellas letras, como se decía antes. Para mí es literatura de no-ficción con permiso para mezclar el ensayo, la crónica e incluso la autobiografía.
-Los temas que ha trabajado son diversos. ¿Qué los une?
-Que me produce placer además de interés escribir sobre ellos. Y que escapan a lo que habitualmente se investiga. Me atraen las cuestiones que se pasan por alto y, sin embargo, constituyen puntos de mira privilegiados para retratar dimensiones ocultas del Chile contemporáneo.
-Tácitamente, mucho de lo retratado en “Reconstitución de escena” habla de la justicia en Chile, o de la injusticia.
-Hablar de la literatura policial y de la delincuencia, por fuerza, te conduce a la justicia y a los métodos que utilizaba para apretar a los sospechosos. El pasado de la justicia en Chile no digamos que es muy glorioso. Las prácticas abusivas estaban a la orden del día.
Escrito con sangre
-¿Lo impresionó especialmente alguno de los casos?
-Me impresionan más los casos pasionales y violentos, antes que las operaciones asépticas del intelecto. Tengo en mente el crimen de las Cajitas de Agua, que pasó en Santiago en la década de 1920. Una mujer, por celos, descuartizó a su pareja y repartió las partes por toda la ciudad. Cuando los detectives encuentran el tronco, lo exhiben en la morgue, a ver si alguien lo reconocía.
-Cuando se refiere a la revista “Sucesos”, nos devuelve a una época donde no se practicaba ética con el trabajo de imágenes; se mostraban fusilados, muertos de protestas sin filtro alguno. ¿Cuándo estos conceptos empiezan a cambiar el periodismo?
-La verdad, no tengo idea. Tema para otra investigación. Yo sospecho que los estándares más altos de ética periodística son bastante recientes.
-¿Cómo ve el estado de la crónica roja en Chile?
-De capa caída, al menos en relación con el pasado. Antes era el género estrella del periodismo, si por estrella entendemos el más leído.
-Relata en el libro que muchos autores no eran considerados por escribir policial. ¿Cree que aún se les desprecia?
-No. Ahora el policial es un género respetado, y sus autores más talentosos son considerados escritores de primer rango. Súmale a eso que el policial ha colonizado la cultura de masas, en parte gracias al éxito de las series de televisión.
René vergara
La revelación del libro tiene nombre: René Vergara. Es un detective con un pasado y juventud nómade. Ocupa estrategias de tortura (“porque no hay policía de la policía”, al decir de otro investigador), con una capacidad deductiva que le permite reconocimiento internacional.
Vergara es el corazón y sentido del libro, un fantasma olvidado que puede volver a aparecer por veredas y oficinas. Vicuña trajo a Vergara de vuelta.
-¿Cómo se presentó usted frente a la Policía de Investigaciones?
-Como historiador interesado en la vida del detective René Vergara, el antiguo capo máximo de la Brigada de Homicidios. Supongo que vieron en mí al historiador que por fin le iba a hacer justicia a una celebridad de la institución.
-Usted cuenta que los archivos de la institución están deteriorados. Cuando ya no se puedan consultar, ¿qué se perderá con ellos?
-Está lleno de documentación de reparticiones públicas que no es custodiada en archivos propiamente tales. Eso supone una pérdida para los historiadores del futuro. Y para los lectores también.
-¿Puede haber una construcción de una tradición posible entre René Vergara, Luis Rivano y Armando Méndez Carrasco?
-Entre Rivano y Méndez Carrasco, de todas maneras. Ambos fueron “pacos” de bajo rango que usaron su experiencia para contar la vida de los bajos fondos, de la “cáfila hampona”, incorporando sin censura el lenguaje y las costumbres de los delincuentes, con dosis muy moderadas o inexistentes de moralina.
-¿Cómo conoció la obra de René Vergara?
-Ni me acuerdo cómo llegué al personaje. Me dieron ganas de escribir un perfil suyo e incorporarlo a mi libro anterior, “Fuera de campo”, donde narro las vidas de escritores medio marginales, pero al final desistí.
EL ENVENENAMIENTO DE SARA BELL
Ala vista de una comitiva de detectives, médicos y familiares, tres sepultureros “más amortajados que vestidos” exhuman el cadáver de una joven sepultada en el Cementerio General de Santiago. Cumplen una orden judicial motivada por la sospecha de asesinato.
Enterrada de modo precipitado, han bastado unas cuantas diligencias, ejecutadas con la maña del pesquisa, para armar un caso. La prensa ya ha comenzado a planear sobre el cuerpo, con el instinto carroñero que despierta el olor a escándalo, y no hay tema de conversación más candente en las cocinas y en los salones de Santiago. Reconocido por sus deudos al pie del nicho, el cadáver de Sara Bell es trasladado a la plancha de la autopsia. El bisturí rasga las ropas y hiende el cuerpo enteramente desnudo, salvo por las medias negras de hilo de Escocia que contrastan con el blanco del mármol. Hecha la incisión, se extraen el hígado, los riñones, los intestinos, el corazón y los pulmones, que el practicante a cargo arroja a un balde con agua. Después se parte el cráneo con una sierra y se retira la masa cerebral, en medio de un olor nauseabundo. El examen no tarda nada: muerte por envenenamiento. Los órganos que sirven de evidencia son guardados en frascos lacrados y sellados. La investigación en curso ya tiene un hombre en la mira: Luis Matta Pérez.
Abogado, socio del Club de la Unión, habitué del Club Hípico con fama de implacable con sus enemigos políticos, los balmacedistas derrotados en la Guerra Civil del 91, Matta Pérez era amante de Sara Bell al momento de su muerte. Sospechoso más que presunto, logra esfumarse gracias a las concesiones de un juez amigo suyo desde la época del colegio. Se sabe que abandonó el país, pero nunca lograron atraparlo ni descubrir su paradero definitivo, pese a los esfuerzos de un detective que lo rastreó hasta Buenos Aires y a las noticias sobre su involucramiento en la guerra de Independencia de Cuba.
El caso se volvió célebre, más allá de los artículos de prensa y de los masivos mítines contra el “juez prevaricador”; sobrevivió en las páginas de los textos de historia como un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo. Se redactaron varios libros casi sobre la marcha de los acontecimientos. Siempre al cateo de los sucesos que inflamaban el ambiente y de las señales de impunidad en favor de los futres, los “puetas” también se pusieron a tono rimando décimas a medio camino entre la crónica y la denuncia.
La narrativa policial chilena nació a la sombra de ese crimen cuyo eco dilató el escándalo. El asesinato de Sara Bell salió de imprenta en 1897, cuando aún se mantenía fresca la memoria de los hechos. El autor, Daniel Castro Hurtado, fue el detective a cargo de las indagaciones. Nunca antes un “agente de seguridad” había derivado de la pesquisa de un crimen a la escritura testimonial de la investigación. Dado de baja tras la fuga de Matta Pérez, Castro Hurtado, más diestro en el uso del revólver que en el manejo de la pluma, redactó el libro con ayuda de un literato.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Héctor Soto y Matías del Río conversaron con el historiador y decano de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales, sobre su libro “Reconstitución de escena”. Además, analizaron el género policial y los mejores libros sobre crímenes.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
A partir del crimen sin culpables de la santiaguina Sara Bell en 1896, el historiador Manuel Vicuña presenta un recorrido por los principales temas de los relatos detectivescos nacionales en su libro “Reconstitución de Escena”.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
La fascinación por la crónica roja y los crímenes es el tema de Reconstrucción de escena, el libro en que el historiador Manuel Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena y la pasión de los lectores por el morbo, explicitando que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.
Hace exactamente 10 años Manuel Vicuña (46) trazó un camino que lo desvió de lo que un lector o académico ortodoxos esperarían de un Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge o de un decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales: publicó un libro donde desenrollaba la trama oculta del espiritismo en Chile, una actividad cargada de señoras que, en un país católico, oficiaban de médiums para aliviar el dolor de los deudos que buscaban conectarse con sus muertos. Al tema, cuenta sentado en un café de Providencia, llegó por casualidad. Paseándose por los depósitos de la Biblioteca Nacional tomó por azar una revista de 1875, donde estaba enunciado un contenido nunca antes explorado. Ahí se disparó la curiosidad –obsesiva para lograr llegar a publicar y no desistir antes– de mirar el siglo XIX con otros ojos. El resultado puede leerse en Voces de ultratumba (2006, Taurus).
En Reconstrucción de escena (2016, Hueders), que salió hace unos días, Manuel Vicuña repite el gesto. Lo había hecho ya de alguna manera con Fuera de campo (2014, Hueders), cuando revisitó las existencias de siete escritores chilenos que poco supieron de aplausos, y también con Benjamín Vicuña Mackenna: un juez en los infiernos (2009, Ediciones UDP), donde explora el lado B del político. En esta nueva entrega, su visión de lo que es interesante de ser desentrañado vuelve a despegarse del patrón. En este ensayo, Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena, los clásicos extranjeros como Poe, Conan Doyle y Chandler, el rol de la crónica roja, la pasión de los lectores por el morbo, la figura icónica del detective, la relación ambivalente entre los tiras y los delincuentes y la riqueza del lenguaje del hampa, explicitando de paso, y sin pretensión ni conservadurismo, que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.
El libro parte en 1896, con el asesinato de Sara Bell en manos de su amante. ¿Por qué elegiste ese momento?
Ese asesinato marca la primera vez que un detective, Daniel Castro Hurtado, escribe el testimonio de una investigación protagonizada por él. Así anticipa la estructura del relato policial, que tiene al detective como motor de la narración. Y también es la primera vez en la que se cruzan tres cosas que marcan hacia delante a este género: la prosa testimonial del detective, la narración de la investigación de un crimen y la vinculación de eso con los casos reales. Castro Hurtado no ficciona, habla de un caso real, y la literatura policial suele estar en la frontera de la crónica roja, muchas veces se inspira en esos casos, incluso hay periodistas que se convierten en escritores de ficción y transitan de un lado al otro. El crimen de Sara Bell fue recordado por décadas. Tenía todos los condimentos más sabrosos: un cadáver enterrado a la carrera y después exhumado, el envenenamiento con cianuro, un asesino oligarca y vividor que se fugó del país y nunca fue capturado, y un juez corrupto que le cubrió las espaldas, por solidaridad de clase.
El caso Sara Bell, un femicidio en palabras de hoy, es también, leyendo a Vicuña, “un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo”.
Hay otras dos mujeres que importantes en el libro: Alicia Bon y Rosa Faúndez. Asesinada y asesina, respectivamente.
A Alicia Bon la menciono a la pasada. Me interesó porque su asesinato muestra cómo un grupo de músicos ciegos, instalado en la plaza de armas de Santiago, cantaban versos sobre el crimen. Rosa Faúndez me interesó por la brutalidad del crimen, conocido como el crimen de las Cajitas de Agua. Ella, por celos, mató, desmembró y repartió las piezas de su marido por Santiago. Fue tal el efecto público que generó que me permitió poner en perspectiva el nivel de fascinación que provocaban los crímenes más espantosos.
Por “fascinación” Vicuña se refiere a la prensa publicando fotografías de los pedazos del cuerpo de la víctima, muchedumbres haciendo cola fuera de la morgue y bajo la lluvia, para mirar el tronco de la víctima en exhibición, y la interrupción de las proyecciones en las salas de cine para dar la noticia de que se había dado con la culpable. El morbo desquiciado, como también la noción de la propia asesina de ser un eslabón más de una cadena mayor, se constata en las palabras que el escritor cita de esta mujer refiriéndose a los periodistas: “Estos infelices desgraciados están entreteniendo a la gente a costillas mías. Lo único que hacen todos los días es repetir la misma tonada, como si no tuvieran otra cosa de qué preocuparse”.
En el libro dices que “la muerte es tratada como un espectáculo que busca prender la mecha de las emociones primitivas”. El morbo, como en ningún otro animal, es parte de la condición humana.
No puedo elaborar una tesis al respecto, pero es cosa de mirarse a uno mismo para detectar que hay un morbo latente. En la Biblia, o desde la tragedia griega en adelante, el asesinato y la muerte violenta están siempre presentes. El crimen provoca fascinación y da pie para hablar de otras cuestiones. Y el morbo, el de todos, es fundamental en la masificación de los medios de comunicación: reporteando crímenes suben sus tirajes y cultivan la lealtad de los lectores. Sin cubrir la maldad, solo reporteando la felicidad, las audiencias empezarían a esfumarse. Lo mismo pasa con la literatura. Quizá no con la maldad homicida, pero sí con la infelicidad: ese es el tema más común. Pero la literatura policial tiene un ingrediente adicional, que es más clave: la fascinación por el detective, sobre todo por el detective con calle y algo medio autodestructivo.
¿Cómo crees que hubiese tratado la prensa de principios de 1900 el crimen de Nabila Rifo?
En 1910 hubieran mostrado la foto de ella sin ojos, las llaves con que se los sacaron y, si hubiesen encontrado los ojos, también los habrían fotografiado y publicado. Antes era más descarnado.
¿A qué obedecería el pudor actual, cuando la competencia es también más desatada?
Bueno, cambiaron los parámetros de lo legítimo: esa cosa truculenta hoy tiene algo de pornográfico. Esas manifestaciones de la violencia quizás salieron de los diarios y de los noticiarios pero siguen presentes en la literatura, en el cine y en las series de televisión. La ficción permite mirar las cosas proscritas y hacerse cargo de lo podrido.
La palabra “suicidio” no se lee ni escucha asociada a ciertas personas en algunos medios. Se informa sobre la muerte de un empresario, por ejemplo, pero las causas quedan en una nebulosa y hay que sacar conclusiones.
Es curioso lo que dices, porque en la prensa de esa época que revisé tampoco me topé con cosas sobre el suicidio, a pesar de que probablemente eran bastante comunes. Sin fármacos buenos, para mucha gente la muerte estaba siempre a la vuelta de la esquina. La moral católica condena el asesinato y el suicidio, pero solo el primero copa las portadas. A lo mejor se debe a que el asesinato supone un homicida y una investigación que mantiene a la gente en vilo y, por eso mismo, debe ser servido como parte del menú noticioso. El suicidio, en esta lógica, no tiene interés público.
El hampa gana un lugar a través del lenguaje.
Apechugar, caracho, gil, empotarse, macoña, rati, sapo, tira, cana son palabras que nacieron del hampa y que usamos todos. Lo interesante es la riqueza de ese lenguaje popular, que siempre muta para despistar a los tiras, que tratan de capturar sus significados escribiendo diccionarios de coa. Me gusta mucho el particularismo de ese lenguaje, me gusta que se aleje del castellano estándar. Detesto el lenguaje uniforme y plano que imponen las editoriales transnacionales. Ahí no hay marcas locales.
En este ensayo dejas bien claro que si la literatura policial en Chile no tuvo un mejor lugar, fue porque era considerada un asunto menor por la elite.
Sí, se dio una paradoja, la no validación por parte de la elite cultural, mientras medio mundo leía novela policial. Los críticos la desacreditaban como un placer evasivo. Lo de siempre: el arribismo, la dictadura de las minorías bien pensantes, el esnobismo de la alta cultura. Hay libros marginales de esa época que hoy se leen mucho mejor que los escritos por los fanáticos de Faulkner. Chicago Chico, de Méndez Carrasco, no tiene rival a la hora de retratar los bajos fondos de 1940.
En Reconstrucción de escena asumes varios roles: narrador, lector, crítico literario, investigador o detective o historiador. ¿Qué te es más próximo?
Más bien me considero un ensayista que escribe sobre cosas del pasado y para eso investiga. La fascinación por el pasado, por los muertos y la investigación son los rasgos del historiador. También la capacidad para tragar papel picado, porque uno, para tener clara la película, a veces tiene que mamarse libros horribles y bancarse el aburrimiento. Y no quiero escribir para especialistas, sino para gente leída. El libro está compuesto como una especie de archipiélago; dependiendo de la isla, supongo que adopto una posición distinta.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
El nuevo libro Reconstitución de escena, del historiador Manuel Vicuña, narra el nacimiento del género a fines del siglo XIX. La crónica roja y el registro policial son los primeros antecedentes que permitieron la creación de personajes detectives.
Exhumaron su cadáver en el Cementerio General de Santiago. Ocurrió en días oscuros de 1896. Era imprescindible la autopsia del cuerpo de Sara Bell. Las sospechas eran muchas. Así fue como la trasladaron a una plancha de metal: su disección podía dar resultados definitivos.
Lejos ya de este mundo, el rostro de Sara Bell era portada de diarios y revistas. La hermosa joven, que tuvo pendiente a la sociedad chilena antes de esclarecerse su crimen, fue envenenada con cianuro de potasio. El responsable: Luis Matta Pérez, abogado, socio del Club de la Unión y amante de Sara.
Un año después del macabro suceso, en 1897, salió de imprenta el libro El asesinato de Sara Bell, de Daniel Castro Hurtado, detective a cargo de las indagaciones. “La narrativa policial chilena nació a la sombra de ese crimen cuyo eco dilató el escándalo”, escribe el historiador Manuel Vicuña (1970) en Reconstitución de escena, ejemplar recién publicado por editorial Hueders.
El título escarba en los orígenes de la novela policial local asociada a la crónica roja como material literario y a policías como los personajes encargados de registrar estos episodios.
“Si bien no es puramente ficción, es un tipo de narrativa que anticipa la lógica propia de los relatos policiales: hay detectives, una investigación, un crimen y la búsqueda del culpable”, dice Vicuña, lector del género y autor de títulos como Un juez en los infiernos y Fuera de campo.
“Al menos desde 1894, los procesos célebres empiezan a abandonar la crónica roja de los diarios para distenderse en las páginas de los libros”, precisa el decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP.
En Reconstitución de escena es posible encontrar la herencia extranjera del policial, que sentó las bases del género. “Auguste Dupin inaugura una larga estirpe de investigadores privados con vocación de extravagantes”, anota Vicuña sobre el personaje del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, que hizo su aparición en Los crímenes de la calle Morgue, en 1841. Además, Vicuña se refiere a Sherlock Holmes, del autor británico Arthur Conan Doyle, y a Philip Marlowe, del narrador estadounidense Raymond Chandler. “El detective remeda a Dios, lo sustituye más como impostor que como heredero”.
El siglo XX chileno tendrá sus propios personajes. Por ejemplo, el detective Román Calvo, “El Sherlock Holmes chileno”, protagonista de la narrativa de Alberto Edwards. Se sumarán, muchos años después, el detective privado Cayetano Brulé, de Roberto Ampuero, y Heredia, de Ramón Díaz Eterovic.
También explorarán en el terreno del policial los escritores Jaime Collyer (El infiltrado), Sergio Gómez (El labio inferior), Poli Délano (Muerte de una ninfómana), Carlos Tromben (Poderes fácticos), Mario Valdivia (Un crimen de barrio alto), Roberto Bolaño (La pista de hielo), José Gai (El caso P.), Isabel Allende (El juego de Ripper) y Hernán Rivera Letelier con su trilogía que protagonizan el Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda. La muerte tiene olor a pachulí es su segunda entrega.
Bajos fondos
“He ido más a los cementerios que a los cines”, decía René Vergara (1916-1981), el responsable de la creación de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones. Antes de ingresar a la institución con 22 años, en 1938, recorrió Latinoamérica.
“Pega no le falta, porque agarra lo que venga, sin chuparse ante nada. Boxea, compone letras de tango, ejerce el periodismo, vende helados (…) levanta pesas en un circo, recolecta mandarinas, carga bultos en los puertos fluviales, corta caña”, anota Manuel Vicuña en Reconstitución de escena.
En los años 40 Vergara creó al inspector Carlos “El mono” Cortés, que protagonizó las historias que publicaba en revistas como Intimidades y Sucesos Policiales. Las riñas callejeras, los asesinatos de los bajos fondos, el amor marginal y los códigos del hampa eran la atracción de miles de lectores, que accedían a cambio de pocas monedas a esos retratos urbanos, adquiridos en los kioscos.
“Todo sugiere que Vergara se hizo tira gracias al influjo de la literatura policial, y no a la inversa”, señala Vicuña. “Vergara encarnó en Chile mejor que nadie la figura del detective-escritor”, agrega.
“Debe haber sido el primer escritor que se ocupó seriamente del género policial en el país”, precisó en un artículo el narrador Enrique Lafourcade.
René Vergara nunca dejó de lado su carrera. Fue becado por el FBI, recibió instrucción en Scotland Yard y trabajó para la OEA investigando crímenes en Latinoamérica. Recién en 1969 publicó una de sus historias en formato libro. Su novela debut fue El pasajero de la muerte. Su producción narrativa finalizó con De las memorias del inspector Cortés, en 1976.
Las ficciones de Vergara surgen de los hechos registrados en la prensa. “La crónica roja era el género más leído y la manera en que los diarios capturaban lectores. No había diario que no renunciara a la crónica roja, porque era renunciar a un público masivo. Era condenado por mucha gente porque se pensaba que solo alentaba el morbo”, comenta Vicuña, quien accedió a las evaluaciones anuales de René Vergara en 2014. “Ha hecho de su profesión un culto al cual dedica todas sus energías”, se lee en un informe de 1950.
Lucha de gigantes
Las esferas del poder cuestionadas. Militares involucrados en crímenes. Ejecutivas bancarias asesinadas y empresarios investigados por fraudes financieros. La literatura policial chilena de las últimas décadas se ha hecho cargo de apuntar en sus páginas los episodios oscuros de la historia reciente.
“La novela criminal es la novela social de nuestros días, y ella sirve para registrar las distintas caras de la relación poder y crimen, tan presente hoy en día en todos los países”, dice Ramón Díaz Eterovic, que hace algunas semanas publicó la novela Los fuegos del pasado, donde el detective Heredia viaja al sur a investigar un caso de adopciones ilegales.
Protagonista de 17 títulos, Heredia apareció por primera vez en la novela La ciudad está triste, de 1987. Desde esa fecha el detective, habitante del barrio Mapocho de la capital, se ha involucrado en la investigación de casos de Derechos Humanos, ha conocido los sinsabores de la vida de los inmigrantes, ha resuelto crímenes producidos por el narcotráfico y ha viajado al norte indagando la contaminación debido a una minera que opera en la zona.
Sobre los materiales que alimentan sus narraciones, dice Díaz Eterovic: “La crónica roja, y sobre todo las noticias políticas y económicas son un buen detonante para escribir una novela policial. Lo demás es algo de investigación y bastante imaginación”.
La novela Un crimen de barrio alto, de Mario Valdivia, arranca con el asesinato de Clarisa de Landa, una brillante ejecutiva bancaria que es hallada muerta en el living de su casa. Es cuando entra en escena el comisario Oscar Morante. “La reputación de los altos gerentes ha sido destruida sin remedio”, señala, aludiendo al círculo de poder que al parecer está metido en el crimen de Clarisa.
En otra vereda: el subcomisario Abel Ayala intenta resolver una seguidilla de crímenes de mujeres, mientras el ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, atrincherado en el Hospital Militar, se resiste a cumplir su condena en la cárcel. Es la historia que desarrolla la novela El caso P., de José Gai.
Si Isabel Allende hizo su novela policial, Rivera Letelier planeó una trilogía. Este año publicó la segunda parte, La muerte tiene olor a pachulí. El escritor del norte vuelve sobre los prostíbulos, pero también retrocede a reconstruir el pasado de un teniente del Ejército que abusaba de mujeres en dictadura.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, publicó el ensayo policial “Reconstitución de escena”, de Editorial Hueders.
Tomando el asesinato de Sara Bell en 1896 como punto de inicio, Manuel Vicuña realiza la narración de una historia de literatura policial, basada en diversas fuentes: el mundo de los detectives, delincuentes y diversos autores del género.
¿Dónde nació la idea de escribir este libro?
Nació de mi interés en René Vergara, que es un detective que escribía relatos policiales en la década del 40′, 50′, 60′ y 70′ y que fue uno de los fundadores de la Brigada de Homicidios en la década de 1940. Me interesó él, porque quería explorar la relación entre literatura policial y el oficio de los detectives en Chile.
¿En qué autores te basaste para escribir el libro?
Revisé literatura policial de todos los países. El libro partió anclado en Chile, pero después irradió hacia otros lados. Me ocupé del origen del género en Edgar Allan Poe, en Conan Doyle.
¿Cómo fue el proceso de escritura?
Partí escribiendo lo relativo a Chile y a René Vergara y después empecé a abordar los otros temas, que tenían que ver con la literatura policial en otros países, pero también con otros aspectos del mundo de los detectives y de la literatura en Chile, porque también me ocupé de la literatura de los bajos fondos, que no es necesariamente literatura policial. También me ocupé de la relación entre el mundo de la delincuencia y el de los detectives, que durante casi un siglo, tuvo fronteras muy porosas, o sea, era muy común que los detectives fueran o ex criminales o mantuvieran vínculos de colaboración con el mundo de la delincuencia y ahí se fue armando una especie de puzzle. Un libro construido de esa manera no tiene capítulos que consecutivamente van desarrollando un argumento central, más bien es un collage de distintas temáticas que de alguna u otra manera conversan entre sí.
¿Cuál es la relevancia que tiene este libro?
Sobre René Vergara no había escrito nadie. Sobre la relación entre literatura y policial tampoco, y situar lo que ocurre en Chile en un contexto más internacional, yo diría que también es una de las novedades del libro. En general habían historias de la literatura policial, pero centradas en el caso chileno. Lo que yo hago es más bien retroceder un poco hacia fines del siglo XIX y mostrar la relevancia para el origen del género policial en Chile, mostrar algunos libros testimoniales que escriben detectives a propósito de los casos que les toca investigar. También me interesó el vínculo con la crónica roja, porque la literatura policial tiene una relación muy estrecha con los casos reales, los casos célebres que se llamaban, que son los crímenes que llaman más la atención de la opinión pública. Yo diría que ese es otro aspecto también interesante del libro, vincular la literatura policial con otros géneros literarios con los cuales comparte frontera.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
La dilatada trayectoria del académico de la Usach y coautor de Historia contemporánea de Chile fue reconocida ayer por un jurado que valoró su “notable producción” en diversos campos.
Había seis documentos anillados sobre una mesa del sexto piso del Mineduc, algunos muy delgados, otros ladrillescos, correspondientes todos a igual número de candidatos a hacerse con el vigésimosegundo Premio Nacional de Historia: Sol Serrano, Victoria Castro, Julio Pinto, Bernardo Arriaza, Rodolfo Urbina e Iván Ljubetic. Tras una deliberación más extensa de lo acostumbrado (más de una hora), la Ministra de Educación, Adriana Delpiano, dio a conocer el resultado de una votación en la que también participaron Ennio Vivaldi, rector de la U. de Chile; Patricio Sanhueza, rector de la U. de Playa Ancha, en representación del Consejo de Rectores; Santiago Lorenzo Schiaffino, representante de la Academia Chilena de Historia, y Sergio González Miranda, anterior galardonado.
En una votación que no fue unánime pero tampoco dividida, según la inquietante descripción de una fuente confiable, el Premio Nacional número 22 recayó en Julio Pinto Vallejos (Santiago, 1956), académico de la Usach y uno de los pilares de la historiografía social en el país.
Tras aseverar que se trató de una elección “particularmente difícil”, la ministra Delpiano afirmó que el jurado basó su decisión en la “notable producción historiográfica” de Pinto “en diversos campos de la disciplina, especialmente en historia social e historia de la República”. También por el reconocimiento nacional e internacional de estos aportes, “su rigurosidad científica y excelencia académica”, así como “su contribución a la formación de nuevas generaciones de historiadores”. Y remató: “Es un intelectual comprometido con los procesos de transformación y con la educación pública de Chile”.
El galardonado, que llegó pasadas las 18.00 y se sentó a un costado de la ministra, no pudo sino agradecer un premio que consideró “una sorpresa muy grata”, dado que los demás postulantes “tenían tanto o más derecho que yo a estar sentados acá”.
Llamado a explicar de qué va su ámbito de trabajo, esa historia “desde abajo” en la que ha despuntado junto a nombres como el del también premio Nacional Gabriel Salazar (con quien escribió los cinco tomos de una Historia contemporánea de Chile), evocó una “apuesta” llevada a cabo en los 80 si es que no antes: “Recuperar la voz de los sin voz, de aquellos actores que no habían tenido un reconocimiento historiográfico por no formar parte de los círculos de poder. Estimábamos que la historia de Chile estaba muy centrada en el Estado y muy centrada en las élites. Nuestro deseo era ampliar la mirada hacia otros sectores de la sociedad, mayoritarios, cuyas vidas han aportado tanto o más que los otros actores al desenvolvimiento de nuestro país”. Una labor, finalmente, de “justicia histórica”.
De paso, y dado que le preguntaron, hizo una positiva evaluación del actual proceso constituyente, en el que ha participado: “Siempre es sano que una comunidad debata sobre cómo quiere organizarse y cómo quiere funcionar de cara al futuro. Ojalá que el debate se profundice”. Eso sí, dijo que preferiría una asamblea constituyente.
Sectores populares
¿Cuál fue el verdadero rostro social del régimen portaliano?, se pregunta Pinto en un texto publicado en 2011 por la revista Historia. “¿Cuál fue su postura frente a esa mayoría plebeya que la ruptura independentista y los experimentos pipiolos aparentemente habían convertido en una fuente significativa de desorden político y social, pero cuyo concurso resultaba indispensable para una construcción republicana y nacional que, discursivamente al menos, rendía pleitesía al principio legitimador de la soberanía popular?”.
Las preguntas están para ser contestadas, pero también, como en el caso de Julio Pinto, para generar nuevas preguntas, en especial si éstas ayudan a desplegar nuevas panorámicas de la historia de Chile.
Dos años antes de publicado aquel artículo, el académico había coestrito con Verónica Valdivia ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840). La idea era “concentrarse en lo que por aquel entonces se entendía por ‘pueblo’” y particularmente sobre la inclusión en dicha categoría de lo que hoy conocemos como sectores ‘populares’”.
Lo que sigue, para usar términos del presente, es establecer de qué modo la “inclusión” quedó fuera de la ecuación portaliana. Y cómo, por esta vía, la legitimidad de un régimen puede ser objeto de cuestionamiento. Lo que vale para el XIX, en términos de la señalada legitimidad, es también válido para la historia que vino después. Para explicar autoritarismos y represiones, y para ver de qué están hechos los distintos grupos sociales. Un ejemplo de análisis en esta línea es el que Pinto provee en el segundo volumen de la Historia contemporánea… (de los cinco tomos, escribió el II y el III). Y un examen más pormenorizado de un grupo específico es el que ofrece en el ya clásico Desgarros y utopías en la pampa salitrera. La consolidación de la identidad obrera en tiempos de la cuestión social (1890-1923).
Enterada del premio, la también candidata Sol Serrano declinó hacer comentarios, limitándose a felicitar al ganador, “por quien tengo gran aprecio”. En tanto, el historiador Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UDP, expresó, “ha aportado obras relevantes a la comprensión tanto del siglo XIX como del XX. Ha escrito con empatía pero sin idealización de los sectores populares y de los líderes del movimiento obrero”.
En medio de las críticas contra Jorge Baradit por su exitoso “Historia secreta de Chile” -80 mil copias vendidas- por parte de un grupo de académicos, una interrogante quedó en el aire: ¿por qué historiadores profesionales no han sido capaces de llegar a las masas que conquistó este escritor? ¿Escriben mal? Muchos creen que la exigencia de publicar en revistas indexadas los ha llevado a darles la espalda a lectores no especializados.
Cuando se vendió la copia un millón 500 mil de la novela “Adiós al séptimo de línea”, el Presidente Eduardo Frei Montalva recibió en La Moneda a su autor, Jorge Inostrosa. Fue la forma de celebrar un éxito inédito. Y que aún no se extinguía. Originalmente transmitida como radioteatro en 1948, en 1955 Inostrosa llevó la historia al libro y empezó a ser publicada por tomos por la editorial Zig-Zag: los chilenos se encandilaron con ese relato épico de la Guerra del Pacífico, que aunque ocupaba personajes ficticios, narraba con increíble acuciosidad y viveza el conflicto. Según José Manuel Zañartu, uno de los editores de la novela, era tanta la demanda del público que al autor se le arrendó una oficina, donde le dictó el resto de los cinco volúmenes a una secretaria. “Terminó casándose con ella”, recuerda Zañartu. Pasó algo más: aunque no hay cifras oficiales, la serie vendió varios millones de copias, los más optimistas hablan de cinco. Un récord difícilmente igualable.
Hombre de radio, periodista y novelista, también Inostrosa tenía algo de historiador. No solo llegó a tomar “chupilca del diablo”, ese combinado de aguardiente con pólvora que bebieron los soldados chilenos antes de tomarse el Morro de Arica, también investigaba descubriendo detalles inéditos de campañas y batallas. Y aunque las críticas a su estilo nunca cesan, hay quienes creen que parte de ese entusiasmo narrativo les hace falta a los historiadores chilenos. Quizá necesitan un remezón para volver a pensar en el gran público, ese que conquistó Francisco Encina con los 20 tomos de su “Historia de Chile” en los años 50. Acaso el remezón ya llegó y vino desde los extramuros de la disciplina: en menos de un año, el escritor de ciencia ficción y fantasía Jorge Baradit vendió más de 80 mil copias del libro “Historia secreta de Chile”.
Más allá del fenómeno de Baradit, que en julio lanza “Historia secreta de Chile 2”, el ranking de libros más vendidos también ha sido tomado por otro libro de carácter histórico: “Un veterano de tres guerras”, de Guillermo Parvex, que lleva 62 semanas entre los 10 títulos más comprados. El foco sobre la disciplina este año toma un cariz especial, pues en agosto se entrega el Premio Nacional de Historia. Una de las postulantes mira el fenómeno con una sonrisa: “Me ha llenado de alegría ver en este último tiempo libros de historia entre los más leídos. Es una gran noticia. Y un foco de alerta para nosotros, los historiadores académicos”, dice la vicerrectora de Investigación de la Universidad Católica, Sol Serrano, a quien dicha universidad presentará al galardón.
La cultura indexada
El caso de Baradit ha sido especialmente revelador. Su libro está compuesto por una serie de episodios poco conocidos de nuestra historia, narrados como si se tratara de verdaderas intrigas. Como a Inostrosa, no le falta ni entusiasmo ni desmesura. Pero en los últimos días, un grupo de historiadores profesionales ha estado acusándolo de apropiarse de investigaciones de otros, simplificar hechos y despreciar al gremio. En el aire han quedado algunas preguntas: ¿por qué no fueron capaces ellos de conquistar el público de Baradit? ¿Para quién están escribiendo?
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Las respuestas son múltiples, pero muchos historiadores coinciden en que están escribiendo -y también investigando, claro- para la academia. Según Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales, se está perdiendo cualquier atisbo literario. “Incluso, quienes dicen escribir ensayos más que monografías, a menudo lo hacen en una prosa tullida y sin ninguna apuesta en términos de composición formal”, sostiene. Y agrega: “Quienes todavía escriben libros, en la inmensa mayoría de los casos, no tienen en mente a un público lector ilustrado, sino a sus pares, y eso explica que sean leídos por muy poca gente y que, a la vez, les cueste tanto conseguir alguna editorial dispuesta a publicarlos”.
Vicuña es parte de un grupo de historiadores que ha conseguido superar el lenguaje técnico de la disciplina y prueba de ello son sus libros “Un juez en los infiernos”, sobre Benjamín Vicuña Mackenna, o “Fuera de campo”, una serie de perfiles sobre escritores e intelectuales. Aunque un poco más duros, títulos como “Mundo y fin de mundo” (2005) o “La revolución inconclusa” (2013), de Joaquín Fermandois, también tienen en el horizonte cruzar las aulas. “He tratado de llegar a la opinión pública, pero manteniendo el rigor de la disciplina”, dice. Y agrega: “Pero hoy escribimos para un público reducido, para cierta clase política que lee, estudiantes universitarios. Para un público ilustrado. Lo principal de la producción está dirigida a otros historiadores”.
Como Fermandois, Cristián Gazmuri también es profesor de la Universidad Católica. Autor de títulos como “Adiós maestro”, sobre Jaime Castillo Velasco, y editor de la serie “Historia de la vida privada en Chile”, ha elaborado una suerte de mapa: “Hay un grupo de historiadores que escribe para un público reducido, un universo intelectual y político de izquierda. Estoy pensando en Gabriel Salazar y otros, que pareciera que piensan en difícil, por decirlo de alguna forma. Hay otro sector, en el que yo me incluiría, que escribe para un público culto. Y que trata de ser medianamente objetivo. Por ejemplo, se critica bastante a Pinochet, pero también a Allende. Después está el ámbito donde está Baradit, que escribe para un grueso público menos culto, al que le interesa la historia como anécdota”, sostiene.
Todos ellos coinciden en lo que la historiadora Ana María Stuven considera uno de los problemas centrales para la desconexión entre el público y la investigación: el paper que todo académico debe publicar en revistas indexadas, siguiendo una serie de normas técnicas, que no solo van desde citar adecuadamente, sino que también estructuran la narrativa de los textos. Desde hace alrededor de una década, sumar artículos indexados es la manera de abultar el currículum. “La presión que se está ejerciendo sobre los académicos de publicar en revistas especializadas, que obligan a que hagamos un trabajo muy minucioso y muy especializado, tiene como efecto que finalmente tengamos muy poca repercusión. Este afán de tener que publicar en revistas indexadas, en momentos en que además hay poca lectura, termina en que el trabajo de investigación histórica se pierda”, asegura Stuven.
“No es que uno escriba para revistas especializadas, sino que hay una presión institucional. Eso termina haciendo una especie de distorsión de nuestra verdadera vocación social, que es otra”, añade Julio Pinto, quien este año será postulado por la Universidad de Santiago al Premio Nacional de Historia. “La forma en que escribimos los historiadores a veces no es la más indicada para llegar a todo público, pero lo que uno espera es que lo que uno recupera o investiga trascienda los círculos de los especialistas o estudiantes. Una disciplina como la historia o como cualquier ciencia social, se justifica en cuanto le aporta conocimiento y criterios de evaluación a la sociedad en la cual se inserta”, agrega Pinto.
El pulso de las editoriales
Coautor junto a Gabriel Salazar de “Historia contemporánea de Chile”, de cinco tomos, Pinto también es autor de “Luis Emilio Recabarren, una biografía histórica”, y tiene un contrapunto: “No comparto esta visión de que los historiadores estamos en un gueto y no nos preocupa lo que pasa afuera”, dice, y cuenta que el lunes pasado fue convocado por el sindicato de un laboratorio de Santiago para que les hiciera una clase sobre el sindicalismo en Chile. “Y hay muchos colegas que han participado en experiencias similares. Además, como miembro del consejo editorial de LOM Ediciones, puedo decir que hay un público interesado en la historia”, cuenta.
De hecho, LOM es una de las editoriales que tiene una línea permanente de publicaciones de historia. Por su parte, los grandes grupos editoriales no le hacen el quite, pero tienen filtros. Josefina Alemparte, editora de Planeta, explica: “Lo que buscamos es siempre un tono más divulgativo. Bajar del mundo académico al público general”, dice, y menciona como ejemplo dos títulos del 2015: “Chile 100 días en la historia del país”, de Bárbara Silva y Josefina Cabrera, y “Cerca de la revolución”, de Cristián Pérez. Mientras que Melanie Jösch, editora de Penguin Random House, sostiene que en la tradición de escribir historia anglosajona está el modelo que les interesa: “Más allá de que sea académico o no, la idea es que esté escrito de una manera muy amplia y que todo el mundo pueda gozar leyéndola. Como si fuera una novela. Y creo que en Chile, Salazar y Alfredo Jocelyn-Holt, a quienes publicamos, tienen ese talento. De hecho, tienen muchísimos lectores”.
Historia o ciencia social
El oleaje historiográfico golpeó las puertas de las masas antes del bicentenario: Ediciones B, por ejemplo, publicó la compilación “Historias del siglo XIX chileno” y “Bernardo”, una biografía de O’Higgins, de Alfredo Sepúlveda, quien luego lanzó “¡Independencia!”, libro que se promocionó como el “lado b” del proceso de independencia chileno. Paralelamente, Stuven y Fermandois fueron los editores de dos volúmenes de “Historia de las Mujeres en Chile”, que publicó Taurus. Todos ellos tuvieron su público, aunque ni cercano a “Historia secreta de Chile”, de Baradit. Según Cristián Gazmuri, los grandes hits de la historiografía chilena se cuentan con los dedos de una mano: los 20 tomos de “Historia de Chile desde la prehistoria hasta 1891”, de Encina, y el posterior resumen en cuatro volúmenes que hizo Leopoldo Castedo; la “Historia del pueblo chileno”, de Sergio Villalobos, y la “Historia de Chile”, de Gonzalo Vial, además de títulos de Gabriel Salazar.
Aquellos autores, cree la historiadora Patricia Arancibia Clavel, supieron hacer comprensibles para el público general hechos del pasado. “Existe la falsa creencia de que mientras más ‘ladrillesco’ es un relato, más serio es su contenido, lo que no se condice con la realidad. Barros Arana, Encina, Góngora, Vial, Villalobos, Salazar, por nombrar a grandes consagrados de nuestra historiografía, no escribieron ni para sí mismos ni para el reducido número de sus pares, sino que para un público siempre ávido de aprender y que -independiente de las distintas interpretaciones- ha valorado su naturalidad y claridad a la hora de narrar”, sostiene.
Para Sol Serrano, autora de, entre otros, “¿Qué hacer con Dios en la República?” (2008), el pasado de una nación tiene “habitación fundamental en la historiografia”. “Y aquí tenemos un problema. La disciplina, al ser parte también de las ciencias sociales, ha transformado su lenguaje y con ello, su estructura y con ello, su sentido. Soy de las que defienden a morir la historia como parte de las humanidades, porque defiendo su sentido de construir aquello que podemos llamar ‘conciencia histórica’, ‘pensamiento crítico’ y que personalmente cada vez lo llamo con más amor ‘virtud cívica’. Y su lenguaje es la narrativa”, asegura Serrano.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Señor Director:
Quizá vivamos distraídos por una ilusión. Creemos ser más autónomos que antes. Gozaríamos de nuevos márgenes de libertad, hasta poder forjarnos a nuestro gusto, con independencia de las fuerzas que vienen del pasado y de las presiones del presente. El sentido común dice que el individualismo tiene todo a su favor. Sería la época dorada del laissez faire ético. ¿Acaso no podemos elegir entre un cúmulo de estilos de vida y visiones del mundo? ¿Las tradiciones? Pesan menos que nunca. ¿Las autoridades? Nunca han tenido menos poder. ¿El catolicismo? Proliferan quienes lo practican a su pinta.
Tengo mis reservas con este diagnóstico. Hoy, ¿cuán fácil es reivindicar el individualismo? ¿Cuán fácil emprender el camino de la excentricidad? Cuesta más de lo admitido. Una de las razones: el autoritarismo del progresista puritano, el tipo psicológico del momento.
¿Qué lo caracteriza? Pontifica. Tiene seguridades sin mella. Considera al escepticismo, ese atributo civilizado, como subterfugio conservador a disposición de los tibios. ¿Sentido del humor? Poco. ¿Humor negro? Ninguno. Tiene la piel fina. Se escandaliza por todo. Patrulla el lenguaje en busca de palabras ofensivas. Repudia a los intolerantes, pero no traga a los disidentes. Usa las redes sociales para intimidar. Quiere imponer la unanimidad en la plaza pública. Juzga el pasado con la vara de sus valores, como si la gente de hace un siglo o dos fuera contemporánea suya, como si perteneciera a la misma cultura y no a una sociedad muy distinta, concluyendo que siempre está en falta ante la posteridad. Abraza al progreso moral como ley histórica. Se jura emisario del futuro. Goza con el escándalo porque le da la razón. Ahora que día a día aumentan los motivos para indignarse, ¿pondría las manos al fuego por alguien? Ni por los lactantes.
El progresista puritano cree estar produciendo un cambio radical en como pensamos, sentimos y vivimos. Ignora que encarna una paradoja: favorece la tolerancia como norma a la vez que se abandera con la uniformidad como práctica. Con su policía edificante, promueve la duplicidad, la hipocresía y el conformismo, no el asentimiento al valor de sus creencias. A menudo silencia sin convencer.
Así están las cosas: demasiado palabreo enfático, demasiada querella inoficiosa, demasiado celo dogmático. Dan ganas de hacer lo mismo que los eremitas del siglo IV en Egipto: retirarse al desierto, aunque no para buscar a Dios, sino para gozar con las tentaciones del Demonio, el Ángel Rebelde que, orgulloso de su independencia, desestimó la amenaza de la condena eterna.
La Facultad de Ciencias Sociales e Historia (FCSH) en conjunto con la Biblioteca Nicanor Parra UDP, presentarán “Anochecer en Gaia”, un documental etnográfico especulativo que muestra la vida diaria y visiones a futuro de las comunidades humanas en Antártica, logrando un trabajo de campo muy inusual, por no decir único.
En la oportunidad presentará Manuel Vicuña, decano de la FCSH y el realizador del documentao, Juan Francisco Salazar.
La actividad es gratuita, abierta a todo público y se realizará el martes 15 de diciembre a las 13:00 horas, en el Auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicado en Vergara 324, Santiago.
Resumen:
En abril de 2043, la astrobióloga Xue Noon se encuentra varada en la Estación Internacional Antártica Gaia. Mientras la noche polar se cierne ella se conecta al sistema de Ai para buscar recuerdos digitales. Anochecer en Gaia es un documental etnográfico especulativo que muestra la vida diaria y visiones a futuro de las comunidades humanas que viven en la Península Antártica. Fundamentada en trabajo de campo etnográfico realizado por el director en la Antártida, la película es un trabajo experimental sobre el futuro de la Antártida como una nueva frontera extrema para habitación humana, las complejidades de un planeta frágil al borde del colapso ecológico, y las vicisitudes de un futuro geopolítico incierto para la región.
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Temas Capítulo: Censura y religión. -La iglesia y la inquisidora censura tras la dictadura. -Censura contra una obra de Óscar Hahn. -La postura moralista de Lucía Hiriart. -La Liga de las Damas Chilenas y la censura cinematográfica. -Primera proyección de “La última tentación de Cristo” y la discusión en tribunales. -Mentalidad censuradora de la iglesia. -Detalles de la polémica por la película “Joven y alocada”.
Según el decano de la Facultad de Ciencias Sociales, un 45% de los chilenos está a favor de una nueva constitución, mientras que un 35% de reformarla.
Hoy se publicaron los resultados de la Encuesta Nacional UDP 2015 y el decano de la Facultad de Ciencias Sociales de dicha casa de estudios, Manuel Vicuña, conversó con “Siempre es Hoy” sobre los resultados más llamativos.
Entre los aspectos destacados por Vicuña está el aumento en la confianza de los medios de comunicación, el que sería “un efecto positivo de la corrupción, con todos los escándalos del último tiempo y el rol de los medios para revelarlos, ha aumentado la apreciación de la ciudadanía hacia ellos”.
“Es concordante con el hecho de que la corrupción se ha transformado en el quinto problema más importante del país, subiendo desde el noveno lugar”, amplió.
Otro aspecto abordado por la encuesta fue el de la discusión constitucional. Manuel Vicuña indicó que un 45% quiere tene una nueva carta fundamental y un 35% va por el camino de reformarla.
En este sentido, agregó que si se da el caso de que se redacte una nueva constitución, más del 50% prefiere que sea por una asamblea constituyente y la gran mayoría está por ratificarla vía plebiscito.
“Tiene que ver con el descrédito del Congreso, en esa situación nadie le quiere confiar atribuciones relevantes a la hora de decidir qué pasa con el futuro constitucional del país”, concluyó.
El viernes 21 de agosto, se realizó la Cuenta Anual de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, correspondiente al año 2014. La actividad estuvo a cargo de Manuel Vicuña, decano de la Facultad.
Diversos fueron los puntos tratados en la ocasión. Dentro de ellos, se destacan los años que se encuentran acreditadas las Escuelas de la Facultad. Ciencia Política posee 7, Historia 4 y Sociología 5.
Otro de los elementos distintivos de la jornada, fue la firma de nuevos convenios para la realización de prácticas profesionales para los estudiantes, dando mayores posibilidades para el desarrollo de sus habilidades. Además, la preocupación también está centrada en los egresados, quienes tienen la oportunidad de acceder a talleres.
Los estudios de postgrado fueron otro punto relevante a tratar. Actualmente la Facultad da énfasis a la realización de ellos, y a mejorar los ya existentes, todo con el objetivo de continuar con el crecimiento académico. Por otro lado, se premió a los mejores ayudantes por Escuela, distinción que fue entregada por cada director.
El Magíster en Política y Gobierno de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, invita a la Primera Mesa de Política y Gobierno 2015 el miércoles 19 de agosto, a las 13:00 hrs. en el Auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra, Vergara 324.
Invitados:
Dante Contreras, director del COES y economista.
Arturo Fontaine, escritor y profesor de la Universidad Diego Portales.
Ricardo Paredes, Rector de la DUOC.
Nicolás Fernández, presidente de la Federación de Estudiantes UDP y vocero de la ConfeCh.
Modera: Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP.
Manuel Vicuña, Decano de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales
Para el decano de Historia de la UDP, Bachelet está pagando los costos de su forma de liderazgo.
Hoy el trabajo del historiador Manuel Vicuña (45) depende de la amabilidad del escritor y editor Matías Rivas.
Como la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la U. Diego Portales, de la que es decano, está en toma, se quedó sin oficina. Por eso está ocupando la del director de Publicaciones de la universidad, ubicada en la señorial casa central de calle Ejército.
Es ahí donde Vicuña, uno de los principales cultores del ensayo en la academia -autor de ocho libros-, se sienta a repasar el momento que vive la Presidenta Michelle Bachelet, en medio de una crisis política que no parece terminar.
Su juicio a su figura es lapidario.
-Se dice que la Presidenta está sola políticamente. ¿Está de acuerdo?
-De partida, cualquier cargo de autoridad implica una cuota de soledad. En el caso de la Presidenta al día de hoy eso se ha radicalizado, está más sola que nunca y no se ve por dónde pueda revertir ese proceso. Ella siempre ha sido muy desconfiada, se ampara en un círculo cerrado y ese círculo se le desbarató con la salida de Rodrigo Peñailillo. Hoy está rodeada de ministros, como por ejemplo Jorge Burgos, con los cuales prácticamente no mantiene relación. No tiene gente en la cual confía y, a diferencia de presientes previos, nunca se ha esforzado por tener una relación fluida con los partidos políticos.
-¿ Está pagando los costos de su forma de ejercer liderazgo?
-Totalmente, porque en el fondo al momento de los problemas no hay nadie que venga a socorrerla. Súmale que ella construyó su liderazgo sobre la base de los afectos, de los atributos blandos y ahora que se produjo un cortocircuito con la ciudadanía y perdió esos atributos, también se quedó sola, no sólo con respecto a su gobierno, a los partidos, sino que también al vínculo que mantenía con la mayoría de la ciudadanía.
-Desde su perspectiva, ¿Bachelet responde a cierta tradición en el ejercicio del poder presidencial?
-Creo que lo suyo es más bien nuevo. Es mujer y eso supone una relación distinta con la ciudadanía y también con los propios partidos, que son fundamentalmente un mundo masculino y no muy moderno en relaciones de género. Son famosas las reuniones de directivas de partido donde no convocan a las mujeres, aún cuando ejerzan algún cargo en esa directiva.
Es un liderazgo basado en el carisma, algo que no es del todo novedoso, pero sí muy raro. Uno puede pensar en un antecedente, salvando las diferencias: Arturo Alessandri en 1920, que establece ese vínculo carismático con sectores populares, prescindiendo de los partidos. Otra diferencia es que Bachelet se trata de una Presidenta que, en general, tiene una actitud más bien prescindente respecto del día a día del Gobierno, es la antítesis de Lagos o de Piñera, que manejaban en detalle la información de Gobierno.
–Hablaba de la soledad del poder. Quizás sea una constante en el caso de los presidentes chilenos: uno puede pensar en Allende al momento de su suicidio y Pinochet la noche del plebiscito, absolutamente solos ante la historia.
-Uno puede pensar en Balmaceda también, aunque quizás no haya mucho punto de comparación. El caso de Allende es el más extremo, porque si bien contaba con el apoyo popular siempre su gobierno, de alguna u otra, fue boicoteado por su propio partido. Eso es totalmente distinto a lo de Pinochet, que, aún cuando se quedó solo esa noche, contaba con el apoyo irrestricto de una parte importante de la ciudadanía. Su figura más bien es la del dictador que se siente traicionado.
-Usted estudió la Belle Epoque chilena y uno de los presidentes de ese período, Pedro Montt, se apoyaba mucho en su mujer.¿La familia sirve como apoyo en momentos de crisis?
-En el caso del Presidente Montt, su mujer, Sara del Campo, era un poder oculto en la sombra, era de cierta manera una operadora política a través del salón y de los vínculos sociales que establecía.
Respecto a Bachelet, yo en el ámbito también la veo muy sola. Me parece que el gran puntal ha sido su madre, quién además tiene olfato político. Pero después de Caval las relaciones de confianza, el trato cotidiano con su hijo se debe haber visto debilitado.
La paranoia y la desconfianza
-Habla de cierto machismo. ¿A un Presidente hombre le harían estas críticas?
-Yo hablo de cierto machismo en las estructuras partidarias, pero no creo que uno tenga que recurrir constantemente al machismo para explicarse cualquier visión crítica a la Presidenta. Me parece que es un recurso que hay desestimar a estas alturas del baile.
-¿Ella tiene alguna oportunidad de cambiar esta situación?
-Lo veo difícil, está como ida en cierta manera. No ha logrado retomar la agenda, no ha logrado volver a ejercer una conducción política; se la ve muy golpeada, muy sobrepasada por la situación. Tampoco le ha dado a su nuevo gabinete el ‘voto de confianza’ para que ejerza con cierta autonomía la conducción política que ella no esta dispuesta a poner en práctica. Por eso uno ve ministros que parecen caminar siempre al borde de la cornisa, sin dar directrices claras, siempre respondiendo a la agenda de cada día.
-¿Habrá cierta ‘psiquis presidencial’ que haga que un Jefe de Estado se sienta solo o traicionado constantemente?¿ La Presidenta se sentirá traicionada en estos momentos: su hijo, Peñailillo?
-Hay gente más proclive a la paranoia, pero no hay que atribuirlo al cargo en sí mismo. Difícil saber si se siente traicionada. Es muy difícil saber qué piensa sobre los problemas del país, más difícil saber es elucubrar qué pasa por su cabeza con respecto a este tipo de sentimientos.
-¿Usted sugiere entonces que la Presidenta es un poco paranoide?
-La República Democrática Alemana, donde se exilió, funcionaba sobre una estructura paranoide. Ahí los vínculos de confianza, incluso las relaciones afectivas, tenían un doble fondo: la persona a quién más tú estimas te podía estar traicionando con los servicios de seguridad.
Si uno piensa en cómo ella ejerce el poder y cómo intenta blindarse con un círculo de confianza, no digo que suponga paranoia, pero sí un principio de desconfianza más allá de lo habitual, incluso con las fuerzas políticas que la apoyan.
-Hoy algunos que le piden a Bachelet que ejerza un liderazgo fuerte ‘estilo Ricardo Lagos’, por ejemplo, pero muchos se olvidan de que cuando él dejó la presidencia, en 2006, su estilo molestaba a muchos.
-Representan liderazgos disímiles. Bachelet marca un cambio de época, abría la posibilidad de un tipo de liderazgo más empático con la ciudadanía, que daba la impresión de un trato más horizontal y que prometía una renovación de la clase política.
En caso de que vuelva un liderazgo fuerte es más bien una respuesta a lo que ha ocurrido en este Gobierno. Por decirlo así: lo que pasa con Bachelet no es sólo que al día de hoy, dadas las circunstancias, empiece aparecer la añoranza de un liderazgo fuerte ‘tipo Lagos’, lo que ocurre es que ella no ha logrado poner en práctica el tipo de liderazgo que la ciudadanía esperaba de ella.
Durante la jornada del lunes 16 de marzo treinta funcionarios de regiones y municipios, así como de DICORE fueron recibidos en el auditorio del Ministerio de Relaciones Exteriores con motivo del lanzamiento del “Diplomado Semiprensencial de Cooperación Internacional y Descentralizada”, programa que se imparte en conjunto por la Universidad Diego Portales y el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset (IUIOG) de España desde marzo a octubre de 2015.
La cita contó con las palabras de Ricardo Herrera, Director Ejecutivo de AGCI, Beatriz Lorenzo, Encargada del Centro Cultural de España en Chile, Manuel Vicuña, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, y del Embajador Francisco Gormaz, Director de Coordinación Regional del MINREL, quienes destacaron la importancia de ofrecer por primera vez en Chile un programa específico para las regiones sobre cooperación internacional. Como señaló Ricardo Herrera, “en 25 años que tiene la AGCI nunca se había desarrollado un proyecto regional que pensara en el fortalecimiento de la cooperación descentralizada, en concreto transfronteriza, para ayudar a mejorar las relaciones vecinales de Chile”.
Para Manuel Vicuña “es una iniciativa única para contrarestar el centralismo histórico en Chile -que desde la Constitución de 1833 en adelante sólo se reforzó- y además superar las desigualdades que se viven en las regiones y municipios. Este Diplomado ofrece la posibilidad de tener herramientas conceptuales y prácticas para el desarrollo regional, esto gracias a la calidad de los académicos que han sido asesores de gobiernos y agencias de cooperación y a la asociación de la UDP con el IUIOG que lleva 14 años impartiendo prorgamas de postgrado sobre cooperación internacional”.
La iniciativa forma parte del compromiso bilateral entre la Agencia Chilena de Cooperación Internacional y la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo (AECID) cuyo Fondo Mixto de Cooperación Triangular Chile-España financia por segunda vez un Diplomado de Cooperación Internacional para ser impartido por la UDP.
Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge y decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Diego Portales, el historiador Manuel Vicuña (44) se declara un diletante. No se cuadra con las reglas del estilo académico y se pasea con libertad e irreverencia por distintos mundos y temas aproximándose a la historia desde sus márgenes. En su último libro, Fuera de campo, despliega un lenguaje suelto y directo para escudriñar la vida de notables escritores chilenos quienes, precisamente, llevaron hasta el límite su soberbia independencia.
No le funciona ir por la vida como representante de una profesión, una disciplina, una clase social o un partido político y afirma que la contradicción le parece más interesante que la coherencia. Eso explica que el historiador Manuel Vicuña siempre esté transitando por pistas paralelas y se permita estar en la academia, en el medio literario y en cualquier espacio que atraiga su curiosidad. Incluso en 2010 estuvo en televisión, conduciendo, junto a Francisco Melo, el programa Algo habrán hecho, de TVN, en el que repasaba historias de personajes chilenos. La misma inquietud se traspasa a los libros que escribe, que despliegan la riqueza de lo heterogéneo, tocando temas diversos y mezclando el lenguaje culto y el popular. Pero, a pesar de esa diversidad, sus investigaciones siempre conducen a un mismo tema: las fisuras de la sociedad chilena.
Vicuña ha publicado siete libros, que revelan con pasión y gracia literaria escenas antes invisibles de nuestra historia, las que él reinterpreta para entregar una versión personal. Su libro Voces de ultratumba (2006) que narra la historia oculta del espiritismo en Chile, marcó ya los desvíos de su mirada. Pero en el último tiempo ha concentrado su atención en las vidas de personajes que, en su singularidad, dan cuenta de un mundo rico y complejo. Con su biografía Benjamín Vicuña Mackenna: un juez en los infiernos dejó instalado su opción por meterse en los aspectos excéntricos o desconocidos de personajes históricos y su capacidad de reposicionarlos, modificando las ideas que la historia oficial (la que se enseña en el colegio o en la académica convencional) ha transmitido. “Desde que hice lo de Vicuña Mackenna me di cuenta de que quiero escribir sobre personas, más que sobre procesos o épocas”, afirma. “Creo que al final uno escribe una forma subterránea de autobiografía, ni siquiera evidente para uno mismo. Al escribir sobre ellos me hacen sentido cosas que tienen que ver conmigo. Yo con los personajes tengo un grado de empatía. No los siento en el banquillo de los acusados ni tampoco en el de los héroes. A mí los tipos me caen bien”.
Los personajes que has investigado son multifacéticos, tienen distintos quehaceres. Por ejemplo, Vicuña Mackenna, político, intelectual, urbanista, escritor. ¿En el Chile de hoy existen personajes de esas características?
No hay nadie equivalente. Esas figuras multifacéticas son cosa del pasado. La razón es simple: el proceso de división del trabajo, las divergencias de los ámbitos político, cultural y económico. En el XIX, los escritores eran a su vez políticos: parlamentarios, ministros o presidentes. Ejercían el poder de la palabra y el de la acción, como dos caras de una misma moneda. Hoy existen políticos que publican novelas pero con fecha de vencimiento al día siguiente de llegar a librerías. Cero aporte a la cultura chilena.
PASIÓN FRONTERIZA
Con Fuera de campo, Vicuña profundiza en su pasión por las grietas de la vida y su ejercicio de mezclar biografía con ensayo, conectando lo personal con lo cultural, y jugándosela cada vez más con un estilo propio de escritura. El libro, que se lanzó a mediados de este año, cuenta el periplo vital de siete escritores chilenos que no han sido suficientemente reconocidos por el canon literario, a pesar de que realizaron una obra extraordinaria. Entre ellos destaca Joaquín Edwards Bello, uno de los cronistas más entretenidos y agudos del siglo pasado: un ilustre resentido, atormentado y en guerra con la clase oligárquica de la que provenía. Los otros –Pezoa Véliz, Eugenio Lira Massi, Marta Vergara, Tancredo Pinochet, Mauricio Wacquez y Alfredo Gómez Morel– también transgredieron las fronteras de clase, algunos se dieron vuelta la chaqueta política, otros tuvieron conductas reñidas con la moral y las buenas costumbres. Todos se equilibraron peligrosamente en los bordes de las convenciones sociales. Vivieron apasionadamente, fueron egocéntricos y obsesivos, murieron solos o se suicidaron.
¿Cómo elegiste a los escritores?
A todos los había leído bien antes, menos a Wacquez, y me gustaban sus textos. Son escritores que están al margen, en general no forman parte del establishment cultural, pero tienen mucha más fuerza que la mayor parte de la literatura consagrada como importante en los programas escolares y en las editoriales con vocación patrimonialista.
La mayoría tiene una impronta periodística.
Claro, no son todos novelistas o poetas, son algo más que eso: cronistas, ensayistas. Estoy seguro que a veces lo mejor de la literatura chilena, y de la literatura en general, está fuera de la novela, el cuento y la poesía. En los géneros menores, por decirlo de algún modo. Perdida en los diarios. O en las memorias, en las crónicas, en las autobiografías. Ahí pueden haber cosas más potentes para entender Chile; textos más jugados, también lenguajes más interesantes, menos podridos por el paso del tiempo.
En tu último libro se ve tu propia pluma de escritor, te la juegas con un lenguaje más atrevido y personal.
Si, acá solté el nervio de frentón. Preferí no cuadrarme con el protocolo de escritura más académica, pero sin caer en la onda de ficcionar, porque no me interesa. Hay gente que escribe perfiles históricos y le mete relleno de literatura. No es lo mío. Yo no invento nada, lo que sí hago es inferir la experiencia de alguien a partir de ciertos rasgos, huellas e indicios. Escribir perfiles o historia es un acto de la imaginación pero siempre está bajo el control de las evidencias.
¿Te interesa que la historia llegue a más gente?
No es que esté empeñado en la heroica labor de sumar lectores, pero tradicionalmente la historia fue una rama de la literatura bastante leída. Y, en ese sentido, a mí me interesa hacer algo más directo y abierto, que sea sofisticado sin ser alambicado, que corra fácil sin ser simplón.
Y usas términos callejeros, dichos populares, giros raros…
Hice un poco de ventrílocuo, en el sentido de adecuar el lenguaje al personaje, para hacer de eco. Porque estos personajes no solo tienen una biografía particular, también funcionan como registros del habla chilena, de la lengua de una época. Y en general son escritores poco acartonados, son crudos, despreciaban el remilgo, la ostentación.
Todo lo contrario de Lemebel, que siendo un cronista, es puro remilgo.
En parte sí. A Lemebel no puedo leerlo mucho, lo encuentro muy hostigoso y muy ornamentado. Tengo cero aguante para la cosa barroca, sobreadjetivada, verbosa. Por eso solo lo puedo tragar en dosis breves. Demasiado azucarado para mí. Me da miedo que me dé diabetes o se me piquen los dientes. Igual ha logrado armar una audiencia de lectores entre gente no muy amiga de los libros. Eso no es poco.
Y los escritores de los cuales tú hablas nunca consiguieron tener fan club.
Lectores quizá, pero no groupies. Edwards Bello, por ejemplo. Un tipo muy solo, paranoico, misántropo, suicida. Lira Massi, un cadáver abandonado en el verano parisino. Gómez Morel, un cadáver abandonado en la morgue, a la espera de alguien dispuesto a rajarse con las lucas para el entierro. Tan genios y no fueron considerados”. La parada victimizadora no le hace justicia a estos personajes, gente que en general murió con las botas puestas.
FUERZA DE CLASE
Por otro lado, a pesar de sentirse marginales estos escritores se creen la muerte y no transan con nada.
Patean el avispero. Es gente conflictuada, desgarrada, desacomodada. Y que, además, tienen caracteres individuales muy fuertes, eso a mí me gusta. Pero a la vez son muy chilenos. Tal vez una manera lúcida de ser chileno sea despreciando a los chilenos. Eso era Edwards Bello, quien se pasó décadas fustigando la mediocridad de todos los sectores, la afición chilena por el linchamiento de la gente sobresaliente, el resentimiento solapado, el aldeanismo mental, la intolerancia. Me gusta lo que decían de Edwards Bello: que era “tieso de espinazo”, porque no se inclinaba ante nadie.
¿Compartes ese diagnóstico?
En muchos sentidos lo encuentro muy lúcido, aunque él maneja el arte de la exageración, porque solo así puede llamar la atención sobre su diagnóstico crítico. Pero varias de las cosas que escribió, aunque remiten al Chile del pasado, siguen arrojando luz sobre el Chile del presente. Caló algo profundo, que permanece.
Otra cosa que me llama la atención es cómo el tema de la clase social determina la vida de los personajes en el siglo XIX. Parece que Chile no ha cambiado mucho.
No. La fuerza de la clase en Chile estructura la identidad personal y las relaciones a todo nivel. Es muy potente, sale todo el rato, es una clave de lectura del gesto más mínimo. Y siempre hay un trasfondo de bronca, desprecio, disimulo, que enturbia las relaciones y promueve la segregación.
En tu libro, ¿qué escritor representa mejor ese conflicto?
Varios. Piensa en Marta Vergara como pituca desclasada e intelectual comunista: los líderes obreros del partido nunca le perdonaron su origen de clase, y eso que hizo harto mérito por limpiar sus antecedentes. Aunque el más enrabiado, el que más desprecia a la sociedad de la época y a su propia clase, es Edwards Bello. El aristócrata desclasado queda más solo que nadie. Porque haga lo que haga, la clase media o los sectores populares lo consideran un pije de mierda, mientras los de su clase lo juzgan un traidor. Ese es el lugar de la soledad extrema.
¿Crees que un intelectual de clase alta tiene que pagar un costo mayor para ser legitimado?
No, para nada. Lo que sí sucede es que debe bancarse una ración de resentimiento, pero eso no indigesta a nadie que tenga algo propio donde afirmarse. Pero, convengamos, que es indecoroso y hasta ridículo llorar penas por provenir de la clase alta y alegar que esa condición impide ser valorado intelectualmente.
Ya, pero tú dices que del resentimiento no se libra.
Es que eso determina muchas cosas. Creo que, entre otras cosas, el hecho de que ciertas clases más acomodadas se aíslen en ghettos donde solo vive gente como ellos, o pongan a sus hijos en colegios donde solo va gente como ellos, tiene que ver con el miedo a confrontarse con ese conflicto. El problema es que si te inhibe el resentimiento y te recluyes en el condominio mental de los semejantes, terminas marginándote de los lugares más interesantes y al final omites relaciones que valen la pena.
¿Y qué diferencia fundamental observas entre los conflictos de clase actuales y los que ocurrían hace un siglo?
Para mí la fractura histórica clave es el fin de la deferencia. Cuando se le pierde respeto al pije, que se creía merecedor de cierta veneración, y cualquiera le puede pegar una topeadura en la calle. Eso lo resienten de manera muy fuerte. Edwards Bello le tomó el pulso al fenómeno. Los futres quedan colgados, con pánico escénico. Por eso la clase alta se repliega, para ahorrarse la bronca acumulada durante décadas, que ahora nadie se traga. Quieren pasar piola. “Apequenarse” es la palabra que Edwards Bello usa para describir ese rollo. Hoy, la desigualdad está redefinida en términos de conseguir o no ciertos logros personales.
Pero no todos tienen las mismas oportunidades.
Me llama la atención la fe mesiánica en la educación como remedio milagroso para todos los males de la sociedad chilena. Eso esconde una forma de beatería. La desigualdad se juega en distintos frentes. Está inscrita en la ciudad, con todo lo que eso involucra. Ninguna solución razonable puede omitir una reforma profunda de la vida urbana, que es la encrucijada donde todo confluye, y de donde todo parte.
Y, como historiador, ¿crees que algunos de sus líderes estudiantiles pasará a la historia?
No me gustan los historiadores-aduaneros del futuro, que dicen quién pasará o no al ámbito consagratorio de la Historia con mayúscula. Todas las generaciones tienen la historia a su medida, cortada según el patrón de sus propios intereses. Ni idea qué pasará en 50 o 100 años. Con dificultad puedo prever qué va a pasar con mi vida en 3 años más. Sí sospecho, en todo caso, que se ha magnificado la significación del movimiento estudiantil, y de los movimientos sociales en general, como signos de un cambio radical o de fondo en la sociedad chilena. Me parece que el momento de euforia ya pasó y que el anhelo de cambio resulta menos ambicioso de lo presupuestado originalmente.
SIN MORALINA
Sin ser militante ¿simpatizas con algún partido político?
Voto por la izquierda, cuando voto, pero con la narices tapadas la mayoría de las veces, sin entusiasmo, más por fobia a la derecha que por adhesión profunda al evangelio progresista. Ni militante ni simpatizante. Sufro de individualismo mórbido, con dosis de misantropía.
Como tus personajes, eres un historiador que no se cuadra mucho con la norma, a pesar de ser doctor y decano…
No le pongas. Sencillamente me muevo más en la periferia. A veces escribo sobre cosas que nadie más trabaja, y en ese sentido no hay mucha posibilidad de conversa, por ejemplo cuando me dio con el espiritismo. Tiendo a creer que las mejores conversaciones se dan entre gente alfabetizada en lenguajes distintos. De lo contrario puedes caer fácilmente en el ensimismamiento de los pares. En mis lecturas divago por aquí y por allá. Esa es mi anomalía intelectual en un mundo donde predominan los especialistas que explotan en profundidad unas pocas vetas a lo largo de la vida.
Pero, a pesar de eso, navegas muy hábilmente en la academia
Supongo. Es un mundo apacible, sin grandes tormentas. Hago algo minoritario y a la baja en el mundo universitario, donde el ensayo ha perdido relevancia. Para hacer carrera y armarte un currículo que te dé movilidad, es mejor escribir papers en revistas en inglés. Yo, en cambio, me he empecinado en escribir ensayos en castellano, y últimamente con residuos del habla local. Negocio redondo.
¿Y esa doble condición entre académico y diletante no te produce conflicto?
No pienso estratégicamente “mi carrera”. Intento funcionar por gusto, si quieres de un modo más hedonista, algo difícil de conciliar con el trabajo. Y sí, me banco ciertas contradicciones, pero eso también es un entrenamiento para “tener juego de piernas” y bailar en el ring sin que te atrinquen contra las cuerdas. Tampoco ando buscando la coherencia ni me interesa la gente que tiene todo claro. Querer que todo cuadre me parece nocivo. La coherencia limita tus posibilidades, te mutila, te obliga a renunciar a cosas que valen la pena. Para mí la madurez vendría a ser eso, aprender a zafar y a darse permiso para hacer lo que se te cante, sin esperar la aprobación del resto, porque eso te arrana.
¿Y qué gente te gusta?
La gente que habla barbaridades, que no se toma muy en serio, que es medio delirante, que piensa digresivamente. O sea, mis amigos. Gente sin moralina y piola que no se anda escandalizando a la vuelta de cualquier esquina. Candidatos para ser linchados en las redes sociales, donde abundan los savonarolas. A propósito de la manía de lo políticamente correcto, el otro día me contaron de alguien que ofreció en facebook “un perro de regalo” y lo lincharon. Aparentemente debería haber ofrecido “una mascota en adopción”.
He escuchado a historiadores de tu generación que encuentran que te crees la muerte, porque has dado muchas entrevistas, porque has salido en la tele y te gusta figurar.
¿Eso dicen los perlas? Anda a saber tú.
Publicado gracias a los aportes del Fondo del Libro y la Lectura del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el libro “Fuera de Campo: Retratos de escritores chilenos” de Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales, retrató la vida de siete escritores nacionales, cuyas obras de cierto modo, han pasado al olvido.
En la obra – publicada por la Editorial Hueders – Vicuña plasma la historia de nuestro país a través de las biografías de Carlos Pezoa Véliz, Tancredo Pinochet, Joaquín Edwards Bello, Marta Vergara, Alfredo Gómez Morel, Eugenio Lira Massi y Mauricio Wacquez.
Agrega que “ninguno de estos escritores es muy conocido. Tampoco son muy leídos y algunos pasaron al olvido… como todas las vidas de escritores, las suyas reflejan la historia del país y de su tiempo y nos ofrecen un campo de visión más extenso que cualquier biografía”.
Para el decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia “el inconformismo y la excentricidad son los hilos conductores que hilvanan estos perfiles y agrupan a sus personajes bajo un mismo emblema”, que según explica radica en su sobrevivencia “en la periferia del interés general, como especies exóticas preservadas en el invernadero de los entendidos”.
Vicuña especifica que los autores retratados en su obra “escribieron como si nadaran contra la corriente e intentaran remontar el curso de un lenguaje contaminado por la impostura, la hipocresía y el palabreo”.
Tres años de acreditación recibió el Magíster en Métodos para la Investigación Social de la Escuela de Sociología UDP por parte de la Agencia Qualitas, desde diciembre de 2013 a diciembre de 2016; el programa obtuvo la máxima cantidad de años otorgada a un postgrado de estas características.
Manuel Vicuña, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia, se refiere al logro obtenido: “es una muy buena noticia para la Facultad: por una parte, se trata de nuestro primero postgrado acreditado; por otra, recibió tres años, el máximo admisible cuando aún no se cuenta con egresados, que es nuestro caso. Agrega que “tanto los comentarios de los pares evaluadores como de la agencia Qualitas coinciden en describirlo como un programa sumamente sólido, pese a llevar solo dos versiones”.
La Acreditación constó de un proceso de Autoevaluación (enero a julio de 2013), donde participaron miembros de la directiva, académicos y estudiantes de las distintas promociones del Magíster. Luego, con los resultados obtenidos, se elaboró un informe de Autoevaluación. En noviembre, se realizó la visita de pares, cuyo resultado fue dado a conocer en diciembre de 2013.
El Magíster en Métodos para la Investigación Social, es un programa de estudios de postgrados de la escuela de Sociología UDP que ofrece una sólida formación en las bases teóricas y epistemológicas del proceso de investigación social, así como en los procedimientos metodológicos y técnicos para formular un diseño adecuado al objeto de estudio.
Se trata de un espacio de reflexión académica acerca de las diferentes posibilidades de integración metodológica y técnica, desde el diseño de un proyecto, hasta el análisis de sus resultados.
Entre sus objetivos, se encuentran:
Contribuir a la reflexión sobre la naturaleza de los métodos de investigación y la producción de conocimiento social.
Ofrecer un aprendizaje avanzado en el manejo de algunos métodos relevantes para la investigación social.
Potenciar la capacidad reflexiva de los estudiantes ante la definición de un problema de investigación, identificando los métodos más aptos y las técnicas más eficientes para resolverlo.