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  1. La historia tras la crónica más roja de Manuel Vicuña

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    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    En “Reconstitución de escena” (Hueders), el flamante libro de Manuel Vicuña, doctor en Historia titulado en Cambridge y actual Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP, corre sangre por litros. En ese torrente hay delincuentes borrando sus huellas digitales con soda cáustica y otras “hazañas” relatadas en el calabozo. Hay cuerpos abiertos por autopsias hechas a finales del siglo XIX, descritas en detalle. Y cadáveres destrozados deliberadamente, encontrados en distintos lugares de Santiago. También hay fotografías de trabajadores informales y vagos, como pruebas para definir “el primer prototipo del delincuente chileno”. Son puras historias chilenas del crimen, desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta.

    Del otro lado, una policía secreta formada en la calle. Jóvenes incentivados a ingresar a la institución por la lectura de las aventuras de Sherlock Holmes. Son escritores de folletines que tratan de alcanzar el éxito de su tiempo en la carroña. Héroes fallidos, más apreciados fuera de Chile que en su institución corrupta.

    Se lee además en el libro de Vicuña, quien el año 2010 condujo junto a Francisco Melo en TVN el programa “Algo habrán hecho por la historia de Chile”, las grandes tendencias de la novela policial en el mundo. Por ejemplo, señala los 46 años que pasó en una tumba sin lápida Egdar Allan Poe y la entronización de Holmes como el detective más famoso del mundo. Al punto que su creador, Arthur Conan Doyle, lo resucitó por la presión de sus lectores. También están los escenarios asépticos de Agatha Christie; la frustración de Raymond Chandler, uno de los grandes escritores que modificaron el género y subvalorado en su tiempo. Paralelamente, circulan otros nombres de reconocidos autores que disfrutaron del policial: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Bertolt Brecht.

    Antes, la pluma histórica de Vicuña pasó por otros pasadizos: “Voces de ultratumba: Historia del espiritismo en Chile” (2006), “Un juez de los infiernos. Benjamín Vicuña Mackenna” (2003, premio al mejor ensayo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y en el año 2014, publicó “Fuera de Campo” (Hueders), siete perfiles a escritores siempre ubicados en el “lado B” de las bibliotecas. Tal como le gusta estar a Manuel Vicuña.

    -¿Cuánto tiempo le tomó “Reconstitución de escena”?

    -Tres años de lecturas y escritura.

    -¿Cómo trabaja su estilo? ¿Qué referentes tiene?

    -Comparto la poética de Edwards Bello: el primer deber del escritor es no dar la lata. Eso supone intentar cierta versatilidad de registros que despabile al lector y logre dar cuenta del carácter multidimensional de cualquier cuestión interesante. Creo que uno piensa y vive a saltos, sin continuidades fuertes, de manera digresiva; mis libros a veces reproducen eso, en la medida en que son fragmentarios y funcionan por las asociaciones que despiertan sus partes, por remotas que parezcan a primera vista.

    En general los historiadores de hoy están muy preocupados por el rigor de la investigación, pero poco o nada por las cualidades narrativas de lo que escriben, olvidándose de que la historia tradicionalmente fue parte de la literatura, o de las bellas letras, como se decía antes. Para mí es literatura de no-ficción con permiso para mezclar el ensayo, la crónica e incluso la autobiografía.

    -Los temas que ha trabajado son diversos. ¿Qué los une?

    -Que me produce placer además de interés escribir sobre ellos. Y que escapan a lo que habitualmente se investiga. Me atraen las cuestiones que se pasan por alto y, sin embargo, constituyen puntos de mira privilegiados para retratar dimensiones ocultas del Chile contemporáneo.

    -Tácitamente, mucho de lo retratado en “Reconstitución de escena” habla de la justicia en Chile, o de la injusticia.

    -Hablar de la literatura policial y de la delincuencia, por fuerza, te conduce a la justicia y a los métodos que utilizaba para apretar a los sospechosos. El pasado de la justicia en Chile no digamos que es muy glorioso. Las prácticas abusivas estaban a la orden del día.

    Escrito con sangre

    -¿Lo impresionó especialmente alguno de los casos?

    -Me impresionan más los casos pasionales y violentos, antes que las operaciones asépticas del intelecto. Tengo en mente el crimen de las Cajitas de Agua, que pasó en Santiago en la década de 1920. Una mujer, por celos, descuartizó a su pareja y repartió las partes por toda la ciudad. Cuando los detectives encuentran el tronco, lo exhiben en la morgue, a ver si alguien lo reconocía.

    -Cuando se refiere a la revista “Sucesos”, nos devuelve a una época donde no se practicaba ética con el trabajo de imágenes; se mostraban fusilados, muertos de protestas sin filtro alguno. ¿Cuándo estos conceptos empiezan a cambiar el periodismo?

    -La verdad, no tengo idea. Tema para otra investigación. Yo sospecho que los estándares más altos de ética periodística son bastante recientes.

    -¿Cómo ve el estado de la crónica roja en Chile?

    -De capa caída, al menos en relación con el pasado. Antes era el género estrella del periodismo, si por estrella entendemos el más leído.

    -Relata en el libro que muchos autores no eran considerados por escribir policial. ¿Cree que aún se les desprecia?

    -No. Ahora el policial es un género respetado, y sus autores más talentosos son considerados escritores de primer rango. Súmale a eso que el policial ha colonizado la cultura de masas, en parte gracias al éxito de las series de televisión.

    René vergara

    La revelación del libro tiene nombre: René Vergara. Es un detective con un pasado y juventud nómade. Ocupa estrategias de tortura (“porque no hay policía de la policía”, al decir de otro investigador), con una capacidad deductiva que le permite reconocimiento internacional.

    Vergara es el corazón y sentido del libro, un fantasma olvidado que puede volver a aparecer por veredas y oficinas. Vicuña trajo a Vergara de vuelta.

    -¿Cómo se presentó usted frente a la Policía de Investigaciones?

    -Como historiador interesado en la vida del detective René Vergara, el antiguo capo máximo de la Brigada de Homicidios. Supongo que vieron en mí al historiador que por fin le iba a hacer justicia a una celebridad de la institución.

    -Usted cuenta que los archivos de la institución están deteriorados. Cuando ya no se puedan consultar, ¿qué se perderá con ellos?

    -Está lleno de documentación de reparticiones públicas que no es custodiada en archivos propiamente tales. Eso supone una pérdida para los historiadores del futuro. Y para los lectores también.

    -¿Puede haber una construcción de una tradición posible entre René Vergara, Luis Rivano y Armando Méndez Carrasco?

    -Entre Rivano y Méndez Carrasco, de todas maneras. Ambos fueron “pacos” de bajo rango que usaron su experiencia para contar la vida de los bajos fondos, de la “cáfila hampona”, incorporando sin censura el lenguaje y las costumbres de los delincuentes, con dosis muy moderadas o inexistentes de moralina.

    -¿Cómo conoció la obra de René Vergara?

    -Ni me acuerdo cómo llegué al personaje. Me dieron ganas de escribir un perfil suyo e incorporarlo a mi libro anterior, “Fuera de campo”, donde narro las vidas de escritores medio marginales, pero al final desistí.


    EL ENVENENAMIENTO DE SARA BELL

    Ala vista de una comitiva de detectives, médicos y familiares, tres sepultureros “más amortajados que vestidos” exhuman el cadáver de una joven sepultada en el Cementerio General de Santiago. Cumplen una orden judicial motivada por la sospecha de asesinato.

    Enterrada de modo precipitado, han bastado unas cuantas diligencias, ejecutadas con la maña del pesquisa, para armar un caso. La prensa ya ha comenzado a planear sobre el cuerpo, con el instinto carroñero que despierta el olor a escándalo, y no hay tema de conversación más candente en las cocinas y en los salones de Santiago. Reconocido por sus deudos al pie del nicho, el cadáver de Sara Bell es trasladado a la plancha de la autopsia. El bisturí rasga las ropas y hiende el cuerpo enteramente desnudo, salvo por las medias negras de hilo de Escocia que contrastan con el blanco del mármol. Hecha la incisión, se extraen el hígado, los riñones, los intestinos, el corazón y los pulmones, que el practicante a cargo arroja a un balde con agua. Después se parte el cráneo con una sierra y se retira la masa cerebral, en medio de un olor nauseabundo. El examen no tarda nada: muerte por envenenamiento. Los órganos que sirven de evidencia son guardados en frascos lacrados y sellados. La investigación en curso ya tiene un hombre en la mira: Luis Matta Pérez.

    Abogado, socio del Club de la Unión, habitué del Club Hípico con fama de implacable con sus enemigos políticos, los balmacedistas derrotados en la Guerra Civil del 91, Matta Pérez era amante de Sara Bell al momento de su muerte. Sospechoso más que presunto, logra esfumarse gracias a las concesiones de un juez amigo suyo desde la época del colegio. Se sabe que abandonó el país, pero nunca lograron atraparlo ni descubrir su paradero definitivo, pese a los esfuerzos de un detective que lo rastreó hasta Buenos Aires y a las noticias sobre su involucramiento en la guerra de Independencia de Cuba.

    El caso se volvió célebre, más allá de los artículos de prensa y de los masivos mítines contra el “juez prevaricador”; sobrevivió en las páginas de los textos de historia como un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo. Se redactaron varios libros casi sobre la marcha de los acontecimientos. Siempre al cateo de los sucesos que inflamaban el ambiente y de las señales de impunidad en favor de los futres, los “puetas” también se pusieron a tono rimando décimas a medio camino entre la crónica y la denuncia.

    La narrativa policial chilena nació a la sombra de ese crimen cuyo eco dilató el escándalo. El asesinato de Sara Bell salió de imprenta en 1897, cuando aún se mantenía fresca la memoria de los hechos. El autor, Daniel Castro Hurtado, fue el detective a cargo de las indagaciones. Nunca antes un “agente de seguridad” había derivado de la pesquisa de un crimen a la escritura testimonial de la investigación. Dado de baja tras la fuga de Matta Pérez, Castro Hurtado, más diestro en el uso del revólver que en el manejo de la pluma, redactó el libro con ayuda de un literato.

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  2. Manuel Vicuña: “El mundo que yo describo es del detective que sale a la calle, que tortura, que tiene una red de soplones, que se vincula con las prostitutas y que tiene gente de confianza entre los delincuentes”

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    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Héctor Soto y Matías del Río conversaron con el historiador y decano de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales, sobre su libro “Reconstitución de escena”. Además, analizaron el género policial y los mejores libros sobre crímenes.

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  3. En la escena del crimen

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    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    La fascinación por la crónica roja y los crímenes es el tema de Reconstrucción de escena, el libro en que el historiador Manuel Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena y la pasión de los lectores por el morbo, explicitando que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.

    Hace exactamente 10 años Manuel Vicuña (46) trazó un camino que lo desvió de lo que un lector o académico ortodoxos esperarían de un Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge o de un decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales: publicó un libro donde desenrollaba la trama oculta del espiritismo en Chile, una actividad cargada de señoras que, en un país católico, oficiaban de médiums para aliviar el dolor de los deudos que buscaban conectarse con sus muertos. Al tema, cuenta sentado en un café de Providencia, llegó por casualidad. Paseándose por los depósitos de la Biblioteca Nacional tomó por azar una revista de 1875, donde estaba enunciado un contenido nunca antes explorado. Ahí se disparó la curiosidad –obsesiva para lograr llegar a publicar y no desistir antes– de mirar el siglo XIX con otros ojos. El resultado puede leerse en Voces de ultratumba (2006, Taurus).

    En Reconstrucción de escena (2016, Hueders), que salió hace unos días, Manuel Vicuña repite el gesto. Lo había hecho ya de alguna manera con Fuera de campo (2014, Hueders), cuando revisitó las existencias de siete escritores chilenos que poco supieron de aplausos, y también con Benjamín Vicuña Mackenna: un juez en los infiernos (2009, Ediciones UDP), donde explora el lado B del político. En esta nueva entrega, su visión de lo que es interesante de ser desentrañado vuelve a despegarse del patrón. En este ensayo, Vicuña hace un recorrido por los orígenes de la literatura policial chilena, los clásicos extranjeros como Poe, Conan Doyle y Chandler, el rol de la crónica roja, la pasión de los lectores por el morbo, la figura icónica del detective, la relación ambivalente entre los tiras y los delincuentes y la riqueza del lenguaje del hampa, explicitando de paso, y sin pretensión ni conservadurismo, que la violencia más brutal, el apetito de las masas por los cuerpos mutilados, y los privilegios de clase, no son asuntos de hoy, sino de siempre.

    El libro parte en 1896, con el asesinato de Sara Bell en manos de su amante. ¿Por qué elegiste ese momento?
    Ese asesinato marca la primera vez que un detective, Daniel Castro Hurtado, escribe el testimonio de una investigación protagonizada por él. Así anticipa la estructura del relato policial, que tiene al detective como motor de la narración. Y también es la primera vez en la que se cruzan tres cosas que marcan hacia delante a este género: la prosa testimonial del detective, la narración de la investigación de un crimen y la vinculación de eso con los casos reales. Castro Hurtado no ficciona, habla de un caso real, y la literatura policial suele estar en la frontera de la crónica roja, muchas veces se inspira en esos casos, incluso hay periodistas que se convierten en escritores de ficción y transitan de un lado al otro. El crimen de Sara Bell fue recordado por décadas. Tenía todos los condimentos más sabrosos: un cadáver enterrado a la carrera y después exhumado, el envenenamiento con cianuro, un asesino oligarca y vividor que se fugó del país y nunca fue capturado, y un juez corrupto que le cubrió las espaldas, por solidaridad de clase.
    El caso Sara Bell, un femicidio en palabras de hoy, es también, leyendo a Vicuña, “un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo”.

    Hay otras dos mujeres que importantes en el libro: Alicia Bon y Rosa Faúndez. Asesinada y asesina, respectivamente.
    A Alicia Bon la menciono a la pasada. Me interesó porque su asesinato muestra cómo un grupo de músicos ciegos, instalado en la plaza de armas de Santiago, cantaban versos sobre el crimen. Rosa Faúndez me interesó por la brutalidad del crimen, conocido como el crimen de las Cajitas de Agua. Ella, por celos, mató, desmembró y repartió las piezas de su marido por Santiago. Fue tal el efecto público que generó que me permitió poner en perspectiva el nivel de fascinación que provocaban los crímenes más espantosos.
    Por “fascinación” Vicuña se refiere a la prensa publicando fotografías de los pedazos del cuerpo de la víctima, muchedumbres haciendo cola fuera de la morgue y bajo la lluvia, para mirar el tronco de la víctima en exhibición, y la interrupción de las proyecciones en las salas de cine para dar la noticia de que se había dado con la culpable. El morbo desquiciado, como también la noción de la propia asesina de ser un eslabón más de una cadena mayor, se constata en las palabras que el escritor cita de esta mujer refiriéndose a los periodistas: “Estos infelices desgraciados están entreteniendo a la gente a costillas mías. Lo único que hacen todos los días es repetir la misma tonada, como si no tuvieran otra cosa de qué preocuparse”.

    En el libro dices que “la muerte es tratada como un espectáculo que busca prender la mecha de las emociones primitivas”. El morbo, como en ningún otro animal, es parte de la condición humana.
    No puedo elaborar una tesis al respecto, pero es cosa de mirarse a uno mismo para detectar que hay un morbo latente. En la Biblia, o desde la tragedia griega en adelante, el asesinato y la muerte violenta están siempre presentes. El crimen provoca fascinación y da pie para hablar de otras cuestiones. Y el morbo, el de todos, es fundamental en la masificación de los medios de comunicación: reporteando crímenes suben sus tirajes y cultivan la lealtad de los lectores. Sin cubrir la maldad, solo reporteando la felicidad, las audiencias empezarían a esfumarse. Lo mismo pasa con la literatura. Quizá no con la maldad homicida, pero sí con la infelicidad: ese es el tema más común. Pero la literatura policial tiene un ingrediente adicional, que es más clave: la fascinación por el detective, sobre todo por el detective con calle y algo medio autodestructivo.

    ¿Cómo crees que hubiese tratado la prensa de principios de 1900 el crimen de Nabila Rifo?
    En 1910 hubieran mostrado la foto de ella sin ojos, las llaves con que se los sacaron y, si hubiesen encontrado los ojos, también los habrían fotografiado y publicado. Antes era más descarnado.

    ¿A qué obedecería el pudor actual, cuando la competencia es también más desatada?
    Bueno, cambiaron los parámetros de lo legítimo: esa cosa truculenta hoy tiene algo de pornográfico. Esas manifestaciones de la violencia quizás salieron de los diarios y de los noticiarios pero siguen presentes en la literatura, en el cine y en las series de televisión. La ficción permite mirar las cosas proscritas y hacerse cargo de lo podrido.

    La palabra “suicidio” no se lee ni escucha asociada a ciertas personas en algunos medios. Se informa sobre la muerte de un empresario, por ejemplo, pero las causas quedan en una nebulosa y hay que sacar conclusiones.
    Es curioso lo que dices, porque en la prensa de esa época que revisé tampoco me topé con cosas sobre el suicidio, a pesar de que probablemente eran bastante comunes. Sin fármacos buenos, para mucha gente la muerte estaba siempre a la vuelta de la esquina. La moral católica condena el asesinato y el suicidio, pero solo el primero copa las portadas. A lo mejor se debe a que el asesinato supone un homicida y una investigación que mantiene a la gente en vilo y, por eso mismo, debe ser servido como parte del menú noticioso. El suicidio, en esta lógica, no tiene interés público.

    El hampa gana un lugar a través del lenguaje.
    Apechugar, caracho, gil, empotarse, macoña, rati, sapo, tira, cana son palabras que nacieron del hampa y que usamos todos. Lo interesante es la riqueza de ese lenguaje popular, que siempre muta para despistar a los tiras, que tratan de capturar sus significados escribiendo diccionarios de coa. Me gusta mucho el particularismo de ese lenguaje, me gusta que se aleje del castellano estándar. Detesto el lenguaje uniforme y plano que imponen las editoriales transnacionales. Ahí no hay marcas locales.

    En este ensayo dejas bien claro que si la literatura policial en Chile no tuvo un mejor lugar, fue porque era considerada un asunto menor por la elite.
    Sí, se dio una paradoja, la no validación por parte de la elite cultural, mientras medio mundo leía novela policial. Los críticos la desacreditaban como un placer evasivo. Lo de siempre: el arribismo, la dictadura de las minorías bien pensantes, el esnobismo de la alta cultura. Hay libros marginales de esa época que hoy se leen mucho mejor que los escritos por los fanáticos de Faulkner. Chicago Chico, de Méndez Carrasco, no tiene rival a la hora de retratar los bajos fondos de 1940.

    En Reconstrucción de escena asumes varios roles: narrador, lector, crítico literario, investigador o detective o historiador. ¿Qué te es más próximo?
    Más bien me considero un ensayista que escribe sobre cosas del pasado y para eso investiga. La fascinación por el pasado, por los muertos y la investigación son los rasgos del historiador. También la capacidad para tragar papel picado, porque uno, para tener clara la película, a veces tiene que mamarse libros horribles y bancarse el aburrimiento. Y no quiero escribir para especialistas, sino para gente leída. El libro está compuesto como una especie de archipiélago; dependiendo de la isla, supongo que adopto una posición distinta.

    Leer entrevista en Revista Paula

  4. En el lugar del crimen: el verdadero origen de la novela policial chilena

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    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    El nuevo libro Reconstitución de escena, del historiador Manuel Vicuña, narra el nacimiento del género a fines del siglo XIX. La crónica roja y el registro policial son los primeros antecedentes que permitieron la creación de personajes detectives.

    Exhumaron su cadáver en el Cementerio General de Santiago. Ocurrió en días oscuros de 1896. Era imprescindible la autopsia del cuerpo de Sara Bell. Las sospechas eran muchas. Así fue como la trasladaron a una plancha de metal: su disección podía dar resultados definitivos.

    Lejos ya de este mundo, el rostro de Sara Bell era portada de diarios y revistas. La hermosa joven, que tuvo pendiente a la sociedad chilena antes de esclarecerse su crimen, fue envenenada con cianuro de potasio. El responsable: Luis Matta Pérez, abogado, socio del Club de la Unión y amante de Sara.

    Un año después del macabro suceso, en 1897, salió de imprenta el libro El asesinato de Sara Bell, de Daniel Castro Hurtado, detective a cargo de las indagaciones. “La narrativa policial chilena nació a la sombra de ese crimen cuyo eco dilató el escándalo”, escribe el historiador Manuel Vicuña (1970) en Reconstitución de escena, ejemplar recién publicado por editorial Hueders.

    El título escarba en los orígenes de la novela policial local asociada a la crónica roja como material literario y a policías como los personajes encargados de registrar estos episodios.

    “Si bien no es puramente ficción, es un tipo de narrativa que anticipa la lógica propia de los relatos policiales: hay detectives, una investigación, un crimen y la búsqueda del culpable”, dice Vicuña, lector del género y autor de títulos como Un juez en los infiernos y Fuera de campo.
    “Al menos desde 1894, los procesos célebres empiezan a abandonar la crónica roja de los diarios para distenderse en las páginas de los libros”, precisa el decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP.

    En Reconstitución de escena es posible encontrar la herencia extranjera del policial, que sentó las bases del género. “Auguste Dupin inaugura una larga estirpe de investigadores privados con vocación de extravagantes”, anota Vicuña sobre el personaje del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, que hizo su aparición en Los crímenes de la calle Morgue, en 1841. Además, Vicuña se refiere a Sherlock Holmes, del autor británico Arthur Conan Doyle, y a Philip Marlowe, del narrador estadounidense Raymond Chandler. “El detective remeda a Dios, lo sustituye más como impostor que como heredero”.

    El siglo XX chileno tendrá sus propios personajes. Por ejemplo, el detective Román Calvo, “El Sherlock Holmes chileno”, protagonista de la narrativa de Alberto Edwards. Se sumarán, muchos años después, el detective privado Cayetano Brulé, de Roberto Ampuero, y Heredia, de Ramón Díaz Eterovic.

    También explorarán en el terreno del policial los escritores Jaime Collyer (El infiltrado), Sergio Gómez (El labio inferior), Poli Délano (Muerte de una ninfómana), Carlos Tromben (Poderes fácticos), Mario Valdivia (Un crimen de barrio alto), Roberto Bolaño (La pista de hielo), José Gai (El caso P.), Isabel Allende (El juego de Ripper) y Hernán Rivera Letelier con su trilogía que protagonizan el Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda. La muerte tiene olor a pachulí es su segunda entrega.

    Bajos fondos

    “He ido más a los cementerios que a los cines”, decía René Vergara (1916-1981), el responsable de la creación de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones. Antes de ingresar a la institución con 22 años, en 1938, recorrió Latinoamérica.

    “Pega no le falta, porque agarra lo que venga, sin chuparse ante nada. Boxea, compone letras de tango, ejerce el periodismo, vende helados (…) levanta pesas en un circo, recolecta mandarinas, carga bultos en los puertos fluviales, corta caña”, anota Manuel Vicuña en Reconstitución de escena.

    En los años 40 Vergara creó al inspector Carlos “El mono” Cortés, que protagonizó las historias que publicaba en revistas como Intimidades y Sucesos Policiales. Las riñas callejeras, los asesinatos de los bajos fondos, el amor marginal y los códigos del hampa eran la atracción de miles de lectores, que accedían a cambio de pocas monedas a esos retratos urbanos, adquiridos en los kioscos.

    “Todo sugiere que Vergara se hizo tira gracias al influjo de la literatura policial, y no a la inversa”, señala Vicuña. “Vergara encarnó en Chile mejor que nadie la figura del detective-escritor”, agrega.

    “Debe haber sido el primer escritor que se ocupó seriamente del género policial en el país”, precisó en un artículo el narrador Enrique Lafourcade.
    René Vergara nunca dejó de lado su carrera. Fue becado por el FBI, recibió instrucción en Scotland Yard y trabajó para la OEA investigando crímenes en Latinoamérica. Recién en 1969 publicó una de sus historias en formato libro. Su novela debut fue El pasajero de la muerte. Su producción narrativa finalizó con De las memorias del inspector Cortés, en 1976.

    Las ficciones de Vergara surgen de los hechos registrados en la prensa. “La crónica roja era el género más leído y la manera en que los diarios capturaban lectores. No había diario que no renunciara a la crónica roja, porque era renunciar a un público masivo. Era condenado por mucha gente porque se pensaba que solo alentaba el morbo”, comenta Vicuña, quien accedió a las evaluaciones anuales de René Vergara en 2014. “Ha hecho de su profesión un culto al cual dedica todas sus energías”, se lee en un informe de 1950.

    Lucha de gigantes

    Las esferas del poder cuestionadas. Militares involucrados en crímenes. Ejecutivas bancarias asesinadas y empresarios investigados por fraudes financieros. La literatura policial chilena de las últimas décadas se ha hecho cargo de apuntar en sus páginas los episodios oscuros de la historia reciente.

    “La novela criminal es la novela social de nuestros días, y ella sirve para registrar las distintas caras de la relación poder y crimen, tan presente hoy en día en todos los países”, dice Ramón Díaz Eterovic, que hace algunas semanas publicó la novela Los fuegos del pasado, donde el detective Heredia viaja al sur a investigar un caso de adopciones ilegales.

    Protagonista de 17 títulos, Heredia apareció por primera vez en la novela La ciudad está triste, de 1987. Desde esa fecha el detective, habitante del barrio Mapocho de la capital, se ha involucrado en la investigación de casos de Derechos Humanos, ha conocido los sinsabores de la vida de los inmigrantes, ha resuelto crímenes producidos por el narcotráfico y ha viajado al norte indagando la contaminación debido a una minera que opera en la zona.

    Sobre los materiales que alimentan sus narraciones, dice Díaz Eterovic: “La crónica roja, y sobre todo las noticias políticas y económicas son un buen detonante para escribir una novela policial. Lo demás es algo de investigación y bastante imaginación”.

    La novela Un crimen de barrio alto, de Mario Valdivia, arranca con el asesinato de Clarisa de Landa, una brillante ejecutiva bancaria que es hallada muerta en el living de su casa. Es cuando entra en escena el comisario Oscar Morante. “La reputación de los altos gerentes ha sido destruida sin remedio”, señala, aludiendo al círculo de poder que al parecer está metido en el crimen de Clarisa.

    En otra vereda: el subcomisario Abel Ayala intenta resolver una seguidilla de crímenes de mujeres, mientras el ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, atrincherado en el Hospital Militar, se resiste a cumplir su condena en la cárcel. Es la historia que desarrolla la novela El caso P., de José Gai.

    Si Isabel Allende hizo su novela policial, Rivera Letelier planeó una trilogía. Este año publicó la segunda parte, La muerte tiene olor a pachulí. El escritor del norte vuelve sobre los prostíbulos, pero también retrocede a reconstruir el pasado de un teniente del Ejército que abusaba de mujeres en dictadura.

    Leer artículo en La Tercera

  5. Manuel Vicuña, decano FCSH, publicó el libro “Reconstitución de escena”

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    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

    Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia UDP, publicó el ensayo policial “Reconstitución de escena”, de Editorial Hueders.

    Tomando el asesinato de Sara Bell en 1896 como punto de inicio, Manuel Vicuña realiza la narración de una historia de literatura policial, basada en diversas fuentes: el mundo de los detectives, delincuentes y diversos autores del género.

    ¿Dónde nació la idea de escribir este libro?

    Nació de mi interés en René Vergara, que es un detective que escribía relatos policiales en la década del 40′, 50′, 60′ y 70′ y que fue uno de los fundadores de la Brigada de Homicidios en la década de 1940. Me interesó él, porque quería explorar la relación entre literatura policial y el oficio de los detectives en Chile.

    ¿En qué autores te basaste para escribir el libro?

    Revisé literatura policial de todos los países. El libro partió anclado en Chile, pero después irradió hacia otros lados. Me ocupé del origen del género en Edgar Allan Poe, en Conan Doyle.

    ¿Cómo fue el proceso de escritura?

    Partí escribiendo lo relativo a Chile y a René Vergara y después empecé a abordar los otros temas, que tenían que ver con la literatura policial en otros países, pero tamPortada_Reconstitucion_de_escena400bién con otros aspectos del mundo de los detectives y de la literatura en Chile, porque también me ocupé de la literatura de los bajos fondos, que no es necesariamente literatura policial. También me ocupé de la relación entre el mundo de la delincuencia y el de los detectives, que durante casi un siglo, tuvo fronteras muy porosas, o sea, era muy común que los detectives fueran o ex criminales o mantuvieran vínculos de colaboración con el mundo de la delincuencia y ahí se fue armando una especie de puzzle. Un libro construido de esa manera no tiene capítulos que consecutivamente van desarrollando un argumento central, más bien es un collage de distintas temáticas que de alguna u otra manera conversan entre sí.

    ¿Cuál es la relevancia que tiene este libro?

    Sobre René Vergara no había escrito nadie. Sobre la relación entre literatura y policial tampoco, y situar lo que ocurre en Chile en un contexto más internacional, yo diría que también es una de las novedades del libro. En general habían historias de la literatura policial, pero centradas en el caso chileno. Lo que yo hago es más bien retroceder un poco hacia fines del siglo XIX y mostrar la relevancia para el origen del género policial en Chile, mostrar algunos libros testimoniales que escriben detectives a propósito de los casos que les toca investigar. También me interesó el vínculo con la crónica roja, porque la literatura policial tiene una relación muy estrecha con los casos reales, los casos célebres que se llamaban, que son los crímenes que llaman más la atención de la opinión pública. Yo diría que ese es otro aspecto también interesante del libro, vincular la literatura policial con otros géneros literarios con los cuales comparte frontera.